Pachis Mondragón (1995 - 2011)
Como suele suceder con los seres y las relaciones más importantes de nuestra vida, los grandes amores, los amigos inolvidables, él y yo nos encontramos por azar y sin buscarnos. Nunca había oído hablar de los de su raza, y si la decisión hubiera dependido de mí, habría escogido a un perro más grande, como todos lo que había tenido hasta entonces y desde mi más temprana infancia. Mi error, desde luego, habría sido incalculable. Pero el azar o el destino se encargaron de evitarlo y terminamos siendo los mejores amigos y haciéndonos compañía durante casi 16 años.
Su personalidad era una fusión perfecta entre la elegancia aristocrática de un gran señor y la sabiduría mundana de un rebelde trotamundos y aventurero. Y no podía ser de otra forma, la historia de los Bichon Frisé ubica a sus antepasados retozando plácidamente en los palacios de Luis XIV pero también detrás de las barricadas de la plebe en el París revolucionario.
Vivió en cuatro países pero los recorrió casi todos y aprendió a ladrar en más de diez idiomas diferentes. Dicen los que saben que nació en Barcelona, pero él se negaba a resolver el misterio y cada vez que alguien se lo preguntaba, respondía con una mirada de lástima, como si preguntar por el lugar de nacimiento de un ser tan libre como él fuera la peor necedad que alguien pudiera cometer. Alguna vez, sin embargo, me confesó con un suspiro que sus días más felices los vivió en Londres y que recordaba con especial nostalgia sus paseos por Hyde Park bajo el tibio sol vespertino del benévolo verano londinense.
Siempre fue tremendamente hermoso, y él lo sabía muy bien. Era el orgulloso y arrogante poseedor de un par de atentos y expresivos ojos verdes (ojazos, sería la palabra adecuada), un rostro de facciones casi perfectas y una actitud de perro de mundo que lo sabe casi todo pues ha vivido demasiado. Durante su breve adolescencia fue un auténtico Tadzio canino, en su larga juventud se transformó en la versión perruna de James Dean, y en su madurez adquirió la gracia y elegancia digna de un Marcello Mastroianni cuadrúpedo.
Su pansexualismo fue proverbial, era capaz de enamorarse y mantener tórridos romances, platónicos y de los otros, con perros y perras por igual e incluso con seres humanos de todas las edades y géneros (estos últimos sí, puramente platónicos)… Ni siquiera mis propias parejas estuvieron fuera de su radar sentimental, pero su coquetería no era la del falso amigo ególatra y traicionero, sino la de un místico que no conoce límites a la hora de amar y espera de todos los que lo rodean una actitud a la altura de su sabiduría. Quien interprete mis palabras imaginando a un perro sátiro que monta las piernas de los invitados, no ha comprendido nada, sus refinadas emociones estaban hechas de un material más delicado y sutil.
Fue el ser más noble al que haya tenido el honor de conocer. Hubiera preferido morir de hambre antes de siquiera acercar sus colmillos al dedo de quien le ofreciera un bocado de comida y era capaz de soportar, incluso a la más avanzada edad y con la paciencia de un santo, el inocente trato pesado de los niños y hasta de los bebés, dos grupos demográficos a los que siempre fascinó. La dulzura de su carácter nunca se agrió y jamás hizo gala de esa neurosis antipática y agresiva tan típica de los perros pequeños.
También fue un auténtico sobreviviente, se recuperó de una fractura en la columna como quien se repone de un resfriado y en más de una ocasión logró esquivar la bala de la muerte en contra de los pronósticos más adversos.
Se fue como los grandes, muy enfermo, sí, pero sin aspavientos ni dramas… Un buen día sencillamente decidió que estaba demasiado cansado como para seguir adelante. Las radiografías confirmaron lo peor, la muerte crecía en su interior. Pero aún nos tenía reservado un último acto de escapismo, recibió un tratamiento experimental y nos regaló unos meses más de su radiante compañía. Entero, arrogante y jovial recorrió los pasillos de la casa durante esas últimas semanas de estío como si estuviera consciente de que le quedaba poco tiempo y debía despedirse de la vida. Conociéndolo como lo conocí, estoy seguro de que aquello no era una proyección mía, él sabía bien lo que estaba pasando, siempre lo supo, incluso al final, cuando, rodeado de todos sus seres queridos y mientras recibía agradecido una última sesión de reiki de manos de su generosa y muy competente veterinaria, sus ojos expresaron melancolía, sí, pero también aceptación, paz y alivio.
Ante la última aguja, la que lo liberó de este mundo enfermo que nunca lo comprendió pero al que supo imponerse, se comportó con el mismo imperturbable estoicismo que siempre mostró sobre la plancha metálica de los veterinarios. Murió serenamente, en mis brazos, y una buena parte de mí se fue con su última mirada.
Su partida deja un hueco inmenso en la vida de todos los que lo conocimos y amamos. Ante el dolor y el desánimo no queda más que seguir adelante, aprender de la experiencia y nutrirse del dolor. Eso es lo que él hubiera querido y lo que siempre me ayudó a conseguir en los momentos más obscuros. La única diferencia es que en esta ocasión él ya no estará aquí y tendré que aprender a salir adelante sin su mirada balsámica y fiel compañía.
Se ha ido, el mejor de mis amigos.

OEG
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