El paraíso de los vivos
El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio…
Italo Calvino
Una de las frases más hermosas jamás escritas. ¿Qué y quién no es infierno? Reconocer el “qué” me parece relativamente sencillo, quizá sea un requisito indispensable poseer inteligencia y buen gusto pero poco más que eso. El “quién”… he ahí la dificultad suprema. En la resolución de esa pregunta se cifra nuestro destino. En torno a ella gira el resultado de nuestra vida, su misterio y su preciosa fragilidad.
La segunda opción que ofrece Calvino para afrontar el infierno es la de los héroes y los valientes. Nos advierte que es peligrosa y que exige atención y aprendizaje continuos. Es el camino que decides tomar desde el principio, nunca formarás parte del infierno, te niegas a servir y a propagar el mal. Pero un buen día despiertas y te das cuenta de que has cometido un tremendo error, el camino era el correcto pero no la compañía que elegiste para recorrerlo. Cinco años de tu vida se han esfumado en un instante y en medio de un remolino tóxico que amenaza con asfixiarte. Estás tremendamente herido, quizá de muerte, y en todo caso las heridas no cicatrizarán jamás. Súbitamente debes afrontar tu nueva realidad, sabes bien que se cierne sobre ti una temporada en el infierno, que los próximos meses, quizá años, quizá el resto de tu vida, no traeran más que dolor y soledad.
Y el tiempo pasa, con una lentitud que deja huellas indelebles, pero pasa. Y el dolor finalmente cede un poco aunque sabes que jamás desaparecerá del todo y que aún es suficientemente intenso como para aniquilarte en un instante. Pero al menos puedes finalmente pensar con claridad, y vuelves a reflexionar sobre tu vida, sobre tus errores, sobre el mal que se te hizo de forma tan gratuita. Y así, hurgando entre los restos del naufragio, finalmente te das cuenta de que al menos puedes celebrar que eres un poco más sabio, tal vez mucho más sabio de lo que jamás habrías sido de no haber visitado el infierno personalmente. Pues entre mayor es la violencia del golpe, mayor será también la fortaleza que puedas extraer de él.
Y ahora nuevamente tienes dos opciones: Dejarte vencer, morir desgarrado por tus heridas. O levantarte, sacudir tu ropa envuelta en polvo, decirle adiós a aquel que fuiste y al irrecuperable y precioso tiempo que tristemente invertiste en un error, en un espejismo y, luciendo tus heridas como medallas de guerra, reiniciar la batalla, retomar la senda de los diferentes y los libres . Es un camino jodidamente difícil, solitario y riesgoso, pero es el más honorable y el único afín a tu temperamento.
Aprender de la experiencia y del dolor, del terrible dolor. Olvidar todo aquello que no merece sino olvido. Avanzar, seguir adelante y, alimentando el alma con todo lo que no es infierno, volver a buscar el amor, la amistad, el alma, el cuerpo, el ser humano concreto e irrepetible que, si tienes suerte, será tu refugio, tu paraíso, tu “no infierno”.

OEG
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