Contra la Utopía
¿Quién en su sano juicio puede extrañar las utopías? Una utopía es un lecho de Procusto donde un grupo de iluminados mutilan el alma y los cuerpos de millones de sus contemporáneos. “Que la realidad se ajuste a mi fantasía, a mi Idea, o que corran los ríos de sangre”. Es también un infantilismo, un autoengaño que pretende simplificar la realidad.
Pero hay quienes extrañan el concepto y su implementación, y suspiran nostálgicos en medio de la aburrida democracia liberal, esa farsa sin caudillos y verdugos. Vejetes patéticos que jamás levantaron un arma pero que envenenaron almas jóvenes desde sus púlpitos universitarios. Quién no ha conocido y tenido que soportar la compañía y las necedades de uno de esos personajes. Muertos en vida que vagan por nuestro continente predicando ideas que, a pesar de todo, se niegan a desaparecer.
Fantasmas listos para resucitar y repetir la historia en cualquier momento. La misma pesadilla de siempre. El odio disfrazado de amor.
La voluntad de cambiar el mundo es irrenunciable y es síntoma inequívoco de inteligencia y buen corazón. Acometer semejante tarea requiere de generosidad, nobleza e imaginación, pero también de lucidez y templanza.
Rechazar la idea de un mundo ideal, donde el conflicto no exista y la armonía reine sobre las diferencias, no sólo es signo de salud y madurez intelectual, es el deber de quien realmente pretenda ayudar a transformar la dolorosa realidad que nos aqueja y nos indigna…

OEG