Vallejo tuvo la culpa.
Una vez le rompí la nariz de un cabezazo a un necio que decía que Fernando Vallejo era un charlatán que sólo escribía “malas palabras”. Fue en una boda civil, y ambos habíamos bebido todo lo que la gente suele beber en las bodas y un poco más.
La escena me costó la expulsión definitiva de los salones frecuentados por la gente decente. Lugares a los que, por cierto, jamás había asistido ni pensaba asistir. Me pidieron regresar mi invitación para la boda religiosa, pero cuando la busqué, descubrí que la había perdido y no pude devolverla. Qué pena, nadie pudo ocupar mi lugar y tuvieron que conformarse con mi ausencia.
Sometido al más pueril de los ostracismos, decidí largarme a Estados Unidos a visitar a mi padre, y en lugar de ver a dos tontos casándose, vi la obra de Duchamp en Filadelfia, un juego de los Yankees en el nuevo Yankee Stadium y disfruté durante dos semanas de la vertiginosa oferta cultural de la costa este norteamericana.
He ahí pues, el desaguisado etílico más afortunado de mi vida.
Y todo por culpa de Vallejo…

OEG
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