Ajedrez
Evoco al señor Rosenthal, sobreviviente del Holocausto y vecino de mi familia en el hermoso y viejo edificio de Polanco donde viví mis primeros años. Lo recuerdo muy bien a pesar de que yo era muy niño en ese entonces.
Vivía prácticamente solo, con una ama de llaves como única compañía. No era un hombre enfermo, pero algo en su personalidad y su dificultad para caminar y moverse revelaba heridas profundas. Nunca cruzaba ni media palabra con nadie y sin ser hosco era profundamente solitario. Probablemente todo aquello era producto del trauma psicológico, alguna lesión física o una combinación de ambas, no lo sé.
Recuerdo la elegancia de su departamento, un piano Steinway, muebles finos, libros, y su figura taciturna siempre de traje, bastón y sombrero. A menudo lucía un ojo morado, un brazo en cabestrillo o alguna otra marca de violencia. Noctámbulo irredento, le gustaba salir a caminar solo por las noches y lo asaltaban con una frecuencia inverosímil. En ocasiones alguna patrulla lo recogía de sus caminatas nocturnas y, no sin antes reconvenirlo por sus peligrosas costumbres, lo dejaba en la puerta del edificio.
De vez en cuando, por algún compromiso impostergable, mi madre me dejaba encargado con su ama de llaves. Y entonces, Rosenthal, que no cruzaba palabra con nadie, se sentaba conmigo en la sala, ponía música clásica y me enseñaba a jugar ajedrez. No era un hombre viejo, tuvo que haber sido muy joven, tal vez un niño, cuando estuvo en el campo de concentración. Cómo quisiera conocer su historia. Lo único que puedo decir, es que dejó una huella indeleble en mi vida.

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