Sobre Octavio Paz…

Hace más o menos ocho años, quien entonces era mi cuñado recibió la encomienda de entrevistar a un “escritor joven” para la revista de una “prestigiosa” Universidad privada mexicana. La desidia y la pereza lo llevaron a enviarme la entrevista a mí, un chico de veintiún años olímpicamente desconocido, aunque, eso sí, con una vocación literaria ya desde entonces bastante sólida. Recupero ahora un par de fragmentos de aquel documento en los que hablé sobre mi pasión por la obra y la figura de Octavio Paz. Lo hago porque hoy es el aniversario luctuoso del más grande intelectual mexicano de todos lo tiempos, pero sobre todo porque, a casi una década de distancia, y a pesar de que ya no tengo veintiún años aunque aún sea un olímpico desconocido, sigo pensando exactamente lo mismo que aquel muchacho ridículamente joven y entusiasta.

¿Qué edad tenías y cómo descubriste que tu verdadera vocación era escribir?

Creo que no hay duda posible. Tenía 14 años, una enorme depresión encima y el Laberinto de la soledad en mi librero. Aún cuando en esa ocasión sólo comprendí aproximadamente el cuarenta por ciento del libro, la prosa era tan deslumbrante, las tesis tan arriesgadas y originales y el tema, o los temas, tan inesperadamente interesantes, que provocó una revolución en mi interior. Puedo decir que a los 14 años empecé a conocer a mi país y el misterioso poder de las palabras. También me conocí a mí mismo, o al menos comencé el proceso interminable del auto-conocimiento. Además me encontré con Octavio Paz e inicié un largo viaje a través de su obra. Gran parte del orgullo que siento de ser mexicano se debe a que Octavio Paz lo fue, y para mí, el más grande de todos.

¿Cuál es tu autor favorito y por qué te identificas con él? 


Octavio Paz sin duda. Paz fue un hombre que conjugó a la perfección una inteligencia extraordinaria con una sensibilidad desbordante, borrando de un tajo el mito de que la inteligencia está reñida con la inspiración. Su poesía es el mejor ejemplo de lo que digo. Por otro lado, fue un hombre con una curiosidad sin límites, una curiosidad que  lo llevó a escribir sobre los temas más variados: antropología, historia, erotismo, literatura, drogas, política, y un interminable etcétera. Culturas tan lejanas y apasionantes como la hindú, la china o la japonesa fueron objeto de su estudio y. en algunos casos, prácticamente fueron introducidas por él a nuestro país. Fue un intelectual comprometido y combativo, especialmente cuando se trató de defender la libertad humana y de desenmascarar el enorme engaño que fue el pseudosocialismo de corte estalinista. Su valentía y grandeza lo expusieron a las más groseras descalificaciones y lo hicieron víctima del ninguneo, esa actitud tan mexicana y que él estudió tan a fondo en El laberinto de la soledad. Pero lo más importante es que, a pesar de todo, se mantuvo activo hasta el final.  Aún cuando pudo haberse retirado de la vida pública a disfrutar tranquilamente de todos los honores que merecidamente recibió, incluyendo el Nobel de literatura en 1990. 
No siempre tuvo la razón pero defendió sus posturas con inteligencia y pasión.
Fue un hombre en toda la extensión de la palabra y representa para mí todo lo que un intelectual debe ser.

OEG


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