Twitter y la gentileza de los extraños.

Siempre recordaré el 2010 como uno de los mejores años de mi vida. Ese en que descubrí Twitter, conocí gente entrañable a la que aprendí a estimar, superé una larga pesadilla y reencontré el amor. Este post está dedicado a las tres primeras partes de esa ecuación vital.

Hace poco menos de doce meses, el cuatro de Enero de 2010, escribí mi primer tuit y comencé a explorar el universo Twitter. Como no tenía idea de nada ni conocía a nadie, lo primero que hice fue buscar y seguir a gente famosa o más o menos conocida, músicos, periodistas, políticos, etc. León Krauze fue una de las primeras personas a las que seguí y el primer tuit suyo que me tocó leer fue un RT que le dio a Aurelio Asiain. Lo reconocí inmediatamente gracias a su nametag y me atreví a arrobarlo, le dije que me daba mucho gusto encontrarlo en Twitter y que extrañaba Paréntesis, la hermosa revista literaria que dirigió a principios de la década pasada y que coleccioné fervientemente. Para mi sorpresa, Aurelio respondió mi mensaje casi de inmediato y a la mañana siguiente lo encontré engrosando mi famélica lista de seguidores. Así es, Aurelio Asian, el poeta al que leía en las páginas de la revista Vuelta desde que era adolescente y a quien recordaba como parte esencial del grupo más cercano al hombre al que más he admirado en mi vida, Octavio Paz, fue mi tercer “seguidor” en Twitter.

Pasé casi un mes con menos de 10 seguidores, pero la verdad es que me importaba muy poco porque Aurelio estaba ahí, no sólo siguiéndome por mera cortesía, sino leyéndome realmente y conversando conmigo sobre literatura y sobre su vida en Japón. Así empezó todo, con su generosidad, Aurelio me abrió la puerta a un mundo habitado por gente brillante y originalísima. Hombres y mujeres de varios países, de todas las edades, clases sociales, profesiones y estilos de vida. Un foro capaz de poner en contacto a gente que de otra manera jamás se hubiera podido encontrar y un espacio creativo efervescente de talento, imaginación e ingenio.

Con el paso de los días, las semanas y los meses mi vida se fue enriqueciendo con amigos y amigas a los que hoy en día adoro y a muchos de los cuales conozco ya en persona. Me refiero a Pelinni, a la Manzana, a Monse, a  Pablo, a Selva, a Darinka, a Grizel, a Frank, a Marina, a Danilo, Leo, Harmodio, Tryno,  ixki, Ramsés, Loulou, Oscar, Pancho, Sasha, Pedro, Leandro, Víctor, Roberto y un etcétera tan largo y significativo que me abruma y emociona.

Hay quienes, agazapados tras una máscara de cinismo pueril, desestiman el potencial de Twitter. Peor para ellos, porque limitan su experiencia y se pierden de una modesta maravilla que es capaz de transformar vidas. Lo digo con conocimiento de causa.

Twitter como válvula de escape emocional, como taller literario abierto las 24 horas, como punto de encuentro de seres excepcionales, como cantina virtual donde los amigos separados por la distancia se reúnen a beber y conversar. Twitter como diván de psicoanalista, como terapia que cura mentes y corazones rotos, como laboratorio experimental de relaciones amorosas, como un espacio para compartir pasiones, opiniones y conocimientos, como un foro para discutir ideas y hacer activismo político. Twitter como un mundo dentro del mundo. Un mundo mejor, desbordante de imaginación, tolerancia, inteligencia, belleza y talento…

Muchas gracias a Aurelio, a Twitter, a los grandes amigos que conocí por este medio mágico y a toda la gente que por alguna extraña razón me sigue y me lee, por haber hecho de estos doce meses una época inolvidable.

¡Feliz año nuevo!

OEG


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