El obituario ideal
Fue un explorador de estilos de vida y formas de amar. Nunca trabajó en una oficina ni le regaló rosas que no fueran rojas a nadie. Detestaba las etiquetas pues las consideraba siniestros lechos de Procusto diseñados para mutilar el espíritu de los hombres. Siempre trató de pensar por su cuenta, los rebaños lo asfixiaban, le parecían ambientes tóxicos y poco propicios para aprender o reflexionar.
Jamás traicionó a un amigo ni le fue infiel a un amor y escribió algunas páginas dignas de ser publicadas y leídas por lectores exigentes. Sus tres más grandes pasiones fueron la belleza, la inteligencia y el talento, probablemente en ese orden
Viajó incansablemente aunque no sólo a través del mundo. También supo ejercer el difícil arte del periplo interior y siempre logró regresar de la aventura transformado y enriquecido por la experiencia.
Despreció al envidioso, al hipócrita, al charlatán y prefirió la digna arrogancia a la humildad resentida. Admiró sin pudor y con lucidez a un puñado de gigantes. Grandes hombres que lograron crear obras capaces de conmoverlo y deslumbrarlo, pero nunca endiosó o idealizó a ninguno.
Sólo aspiró a tres cosas en la vida y fue esa la medida de su éxito: Jamás traicionarse a sí mismo, conocer el amor verdadero y ser, a través de su obra, refugio y aliento para un puñado de almas afines sin importar la distancia geográfica o el paso del tiempo… Bajo este criterio, podemos afirmar que fue un hombre exitoso.
En innumerables ocasiones, algunas voces histéricas e indignadas le exigieron disculparse por ser quien era… Nunca lo hizo.
En pocas palabras: Fue un sobreviviente del infierno que supo conquistar y disfrutar las mieles de la vida, vencer la cobardía y retirarse a tiempo.

OEG
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