Grecia, Inglaterra y sus revueltas estudiantiles…
Frente a la reciente insurrección de la juventud británica, movilizada ante el plan de incremento de cuotas universitarias propuesta por el nuevo gobierno conservador, no pude evitar recordar lo que sucedió en Grecia hace apenas 2 años. Como ahora, en aquel entonces seguí los disturbios con interés y emoción… ¿Qué lograron los jóvenes griegos con su alzamiento? Tal vez nada, aunque no puedo dejar de pensar que aquel estallido representó el inicio del desmoronamiento de un país hoy en quiebra y sumido en una crisis moral profundísima. Las siguientes líneas son extractos de lo que apunté en mi diario en aquellos días, me llama la atención la súbita actualidad que han cobrado ante lo que sucede hoy en Inglaterra… También me conmueve el tono paternal de mis palabras, al escribirlas tenía 27 años, unos diez más que el promedio de quienes protestaban. Dos años después, compruebo sin sorpresa que sigo pensando igual y que suscribo cada uno de mis dichos, pero esta vez aplicados a la presente situación de la hermosa y entrañable Albión.
Los adolescentes griegos están levantados en armas, indignados por la muerte de uno de los suyos a manos de un policía. Esa chispa fue más que suficiente para incendiar la pradera del hartazgo, el tedio, la escasez de oportunidades y la desesperanza. Ese pesado fardo de emociones y conflictos con el que tiene que cargar como una maldición la inmensa mayoría de los adolescentes de este mundo y que, en este caso, como en París hace unos años, demostró su enorme potencial inflamable.
Armados con las armas típicas de la adolescencia y la extrema juventud: idealismo, generosidad y una conmovedora ingenuidad; además, claro, aunque en mucho menor medida, de palos, piedras y bombas molotov. Han salido a las calles a increpar a sus mayores y a lanzar un alarido desesperado para exigir respeto, reconocimiento y una voz en el debate de los asuntos públicos.
Me alegra sentirme tan emocionado ante las imágenes que llegan desde Grecia. El año que termina ha sido particularmente difícil para mí y, si bien no me hago ilusiones respecto a lo que estos valientes chicos puedan conseguir, no deja de ser alentador el hecho de saber que los jóvenes aún pueden indignarse, prenderle fuego a su justa ira y hacer saltar por los aires la endeble fachada que oculta la hipocresía y la corrupción de una sociedad que maltrata y ningunea a sus ciudadanos más jóvenes. Es estimulante darme cuenta de que aún estoy de su lado, y tengo la certeza de que si tuviera la suerte de estar en su hermoso país, recorrería las calles protestando junto a ellos.
Sin embargo, al observar las fotos que ilustran los diarios, no puedo dejar de sentir también un poco de piedad por los cansados policías que, de forma bastante civilizada y ejemplar, al menos hasta ahora, han tratado de apaciguar los ánimos. Ejemplo insuperable de lo que digo es esa imagen en la que dos agentes han sido alcanzados por el fuego de una bomba molotov y corren despavoridos tratando de protegerse. Tal vez son hombres buenos, padres de familia responsables, servidores públicos a los que les toca desempeñar el papel de villanos en este nuevo episodio de nuestra locura colectiva. Esa locura que suele conducirnos por el camino de la autodestrucción y la vergüenza.
Sí, es verdad, soy capaz de sentir empatía por esos hombres uniformados, mis posiciones políticas se han moderado con los años y soy lo suficientemente cínico como para sospechar que de todos estos disturbios, en unos meses quedará sólo el recuerdo y quizá ni eso. Pero también es cierto que estaría dispuesto a todo con tal de impedir que alguno de esos hombres se atreviera siquiera a levantar su tolete en contra de un muchacho, o a tocar un solo cabello de esos frágiles e improvisados guerrilleros y guerrilleras (en este caso me parece importante especificarlo y subrayarlo) urbanos que con su sola existencia alimentan mi esperanza y mis ganas de seguir viviendo. (Diciembre 15 de 2008)



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