Hitchens, la misoginia y el “orden mítico”. Una respuesta.

Gracias a un par de RT’s de Alberto Ruy Sánchez me topé con una breve discusión sostenida en Twitter en torno a la obra y la personalidad de Christopher Hitchens y detonada por una columna mezquina y mendaz escrita por Katha Pollitt y publicada, dónde más, en The Nation, ese cubil de izquierdismo reaccionario en el que abundan los egos heridos que nunca pudieron perdonar la “traición” de Hitchens y mucho menos superar su partida a principios de la década pasada rumbo a páginas más plurales y menos mojigatas.

Dos cosas me llaman poderosamente la atención en la discusión y la columna que la provocó. En primer lugar la arbitraria comparación que hace Aurelio Asiain entre Hitchens y Claude Lévi-Strauss y sobre la que nos asegura: “es interesante porque son opuestos. Uno pensó el orden mítico; el otro lo combatió con lugares comunes”. De hecho, la comparación planteada en esos términos es, para decirlo con tacto, torpe y simplista. Lévi-Strauss era un antropólogo dedicado a estudiar el origen de los mitos, su desarrollo y posible significado desde una perspectiva académica. Mientras que Hitchens era un crítico cultural que dedicó gran parte de su tiempo y energía a combatir la nociva influencia de ese “orden mítico” en la vida concreta de millones de seres humanos alrededor del mundo. Se necesita ser muy tonto, ignorante o partir desde una inocultable mala fe para tragarse el cuento de que los brillantes libros de Lévi-Strauss se contraponen en algo a la obra de Hitchens, quien siempre luchó en contra del fanatismo y la barbarie religiosa expresada mediante la mutilación genital de niñas, el asesinato masivo de “infieles”, la ejecución pública de homosexuales, la violación y ejecución sumaria de mujeres y niñas vírgenes condenadas a muerte por “crímenes de honor” (el pío Corán prohíbe estrictamente ejecutar vírgenes, de ahí la indispensable violación previa) o el antiintelectualismo obscurantista de quienes se empeñan en enseñar creacionismo o “diseño inteligente” en las escuelas públicas.

Intuyo que lo que Asiain pretendía al compararlo con la mesurada y académica erudición de Lévi-Strauss era retratar a Hitchens como un filisteo oportunista que ataca lo que no entiende, algo que sólo un lector muy superficial de su obra podría sostener. Pero la verdad es que desde sus respectivas trincheras intelectuales, ambos desempeñaron labores muy distintas pero complementarias y por ningún motivo “opuestas”. Lévi-Strauss se dedicó a desentrañar, sin profesarlo, ese “orden mítico” tan reverenciado por Asiain, y Hitchens a denunciar y estudiar las terribles consecuencias que la supervivencia de las más bárbaras y retrógradas ideas que lo constituyen le ha traído a la humanidad, y a encabezar la lucha en contra de sus más sanguinarios devotos. Sobra decirlo, pero Hitchens tenía un conocimiento profundo de las religiones y mitologías más importantes del mundo y jamás se opuso a su estudio o a la apreciación de las innumerables obras de arte y perlas de sabiduría que emanaron de su seno.

El dislate de Asiain me interesa porque acusar de ignorante a quien se opone a los crímenes y disparates de la fe, es un lugar común al que suelen recurrir los más irreflexivos detractores de Hitchens y del ateísmo militante. Es curioso que Asiain se haya colgado de un lugar común tan típico para acusar a Hitchens de dedicarse a dispensarlos.  

 I my­self am a strong be­liev­er in the study of re­li­gion, first be­cause cul­ture and ed­uca­tion in­volve a re­spect for tra­di­tion and for ori­gins, and al­so be­cause some of the ear­ly re­li­gious texts were among our first at­tempts at lit­er­ature. 

How­ev­er, those who per­se­cute re­li­gion are to be avoid­ed at all costs. Antigone taught us to trust the in­stinct that is re­volt­ed by des­ecra­tion. Sub­lime works of paint­ing and ar­chi­tec­ture and po­et­ry have been wrought by those who, in my hum­ble opin­ion, were la­bor­ing un­der a mis­ap­pre­hen­sion (as their re­li­gious lead­ers in­di­rect­ly con­firmed by their own pro­fan­ities and book-burn­ings and “cru­sades” and in­qui­si­tions.) What I pro­pose to you is a per­ma­nent en­gage­ment with those who think they pos­sess what can­not be pos­sessed. Time spent in ar­gu­ing with the faith­ful is, odd­ly enough, al­most nev­er wast­ed. The ar­gu­ment is the ori­gin of all ar­gu­ments; one must al­ways be striv­ing to deep­en and re­fine it; Marx was right when he stat­ed in 1844 that “the crit­icism of re­li­gion is the premise of all crit­icism.”

Christopher Hitchens


Respecto a la vomitiva columna de Pollitt, se trata simplemente de un ataque hipócrita, cobarde y venenoso que destila resentimiento y busca retratar a Hitchens como un borracho grosero y un machista misógino enemigo de las mujeres. La primera acusación me interesa poquísimo aunque remito al lector a los muchos testimonios publicados por sus amigos en los últimos días para hacerse una idea más completa de su compleja personalidad. 

La segunda acusación, sin embargo, es una calumnia tan crasa y miserable que merece ser exhibida en toda su falsedad. Hitchens dedicó una muy buena parte de su talento a defender a uno de los grupos más denigrados y vejados del mundo: las mujeres musulmanas. Y mientras las feministas occidentales como Pollitt se retorcían como poseídas cada vez que alguien buscaba enriquecer el debate sobre el aborto con argumentos más complejos que los que reducen al feto a un simple tumor del que se puede disponer sin problemas o remordimientos (estoy completamente a favor del aborto por cualquier causa durante el primer trimestre de embarazo y en cualquier momento de la gestación si la vida de la madre corre peligro, pero no comparto el reduccionismo idiota con el que el feminismo más cerril busca negar la complejidad del tema). O se dedicaban a condenar la obra de Freud, Shakespeare, Montaigne y muchos otros “hombres blancos muertos” por ser profundamente “machistas”. O disculpaban los crímenes más atroces en contra de sus hermanas en países musulmanes apelando al respeto multiculturalista por los “usos y costumbres” de otros pueblos (aunque esos otros pueblos sean en realidad  jerarcas religiosos y déspotas políticos que imponen, a menudo violentamente, sus “usos y costumbres” sobre víctimas indefensas). Mientras buena parte del femenismo occidental perdía el tiempo persiguiendo herejes y discutiendo sofismas bizantinos, Hitchens se dedicaba a denunciar las violaciones tumultuarias, los matrimonios arreglados entre cincuentañeros y niñas impúberes, la mutilación genital de miles de niñas inocentes, la desfiguración con ácido de los rostros femeninos que osan exhibirse a plena luz del día para provocar la lujuria de los hombres y apartarlos del camino de Alá, la lapidación de las “adúlteras” (casi siempre mujeres violadas por algún familiar o amigo del marido), la ejecución pública de adolescentes lesbianas en Irán o el bombardeo cobarde de escuelas para niñas en Afganistán. Cuántas veces escuché a Hitchens  denunciar y protestar contra la difusión del asco enfermizo y el odio virulento que los representantes de Dios sobre la Tierra han sentido siempre por el cuerpo femenino, por la genitalia femenina, por la menstruación (esa inmundicia como cariñosamente la llama el Levítico), por el deseo y la sexualidad femenina en todas sus expresiones. Por si esto fuera poco, fueron innumerables las ocasiones en que Hitchens acusó y denunció a los tres grandes monoteísmos por ser los peores enemigos de la única solución comprobada en contra de la pobreza: el empoderamiento de las mujeres. Está demostrado que liberar a la mujer del ciclo reproductivo animal al que la condenan la naturaleza y los fanáticos religiosos de toda laya, brindarle educación e independencia económica puede hacer la diferencia en la regeneración del tejido social hasta en las poblaciones más hundidas en la pobreza y la ignorancia. Hitchens lo sabía muy bien y se dedicó a gritarlo a los cuatro vientos y en todos los foros a los que su enorme prestigio le daba acceso.

En resumen, Hitchens fue  un luchador incansable en contra de las poderosísimas fuerzas de la ignorancia y la intolerancia que siempre se han opuesto a la liberación de la mujer y ni todo el resentimiento y la mala fe de las “Kathas Pollitts” de este mundo podrá borrar su valioso legado.


 Let me try to summarize and update the situation like this: Here is a society where rape is not a crime. It is a punishment. Women can be sentenced to be raped, by tribal and religious kangaroo courts, if even a rumor of their immodesty brings shame on their menfolk. In such an obscenely distorted context, the counterpart term to shame—which is the noble word “honor”—becomes most commonly associated with the word “killing.” Moral courage consists of the willingness to butcher your own daughter.

Christopher Hitchens


Un último detalle que me provocó más risa que indignación en el libelo de Pollitt. Sólo un idiota o un lector torpe y perezoso podría considerar las importantes pero mediocres novelas de Orwell como la parte más relevante o valiosa de su indispensable obra.    

OEG


   

  1. laberintodeasterion posted this