Christopher Hitchens (1949 - 2011)

Ha muerto Christopher Hitchens uno de los intelectuales más influyentes de las últimas décadas. Polemista implacable. Crítico cultural lúcido y combativo. Escritor de erudición portentosa y prosa riquísima y deslumbrante. Periodista épico y comprometido con innumerables causas. Hombre enamorado de la vida y sus placeres más refinados y peligrosos, esos que suelen pagarse caro: el tabaco, el alcohol, la verdad a costa de lo que sea y la belleza humana, por ejemplo. Y, last but not least, ateo militante e irredento. El más despiadado enemigo que la superstición y sus comerciantes hayan tenido que enfrentar desde los tiempos de Mark Twain.  

No sé por qué me molesta tanto que sea precisamente esta última faceta de su compleja personalidad, su anti-teísmo, la que más gente terminará asociando con el nombre de Hitchens en el futuro. Aunque estoy seguro de que a él no le molestaría en lo más mínimo. No en vano dedicó tanto tiempo y energía a debatir con cualquier cantidad de charlatanes, mercachifles y demás fauna compuesta por alcahuetes de lo sobrenatural. En este, como en todos los temas que le apasionaban, Hitchens no discriminaba enemigos, a todos los enfrentaba con la misma seriedad y sometía al mismo, rudísimo, tratamiento a base de razonamientos impecables,  datos duros extraídos de su vastísima cultura, una agilidad mental punzante y un sentido del humor hirientemente corrosivo.

Probablemente lo que me irrita es que sean tan pocos los que se sumergieron o sumergirán realmente en su obra,  disfrutándola en toda su riqueza y profundidad. Hitchens el ateo terminará, por ejemplo, opacando al ensayista y crítico literario capaz de encapsular en unas cuantas cuartillas un seminario completo y rebosante de sensibilidad y penetración sobre la obra de P.G. Wodehouse, Rebeca West (pensar que tantas “feministas” de nuestros tiempos van por la vida tan tranquilas sin haberla leído o saber siquiera que existió), Philip Larkin u Oscar Wilde. Pero eso no es lo único que me inquieta. Debo confesar con remordimiento que en algún momento de mi vida como lector atento de su obra, su obstinada militancia anti-teísta llegó a incomodarme, pues me parecía una necedad descortés e inútil. Inconscientemente adoctrinado por esa nociva claudicación intelectual que es la falsa tolerancia religiosa, mitad condescendencia arrogante y mitad ceguera negligente, pensaba desde mi propio ateísmo pasivo, y como tanta gente inteligente y cultivada de nuestro tiempo, que respetar las creencias religiosas equivalía a no someterlas a ningún tipo de crítica racional y mucho menos a la sátira o la burla. Pues la razón, asegura este insufrible y perezoso lugar común, no puede dar cuenta de los misterios más importantes de la vida. Pero la incómoda realidad es muy diferente a esta idiotez sin fundamento, pues las modestas respuestas que la razón, en su infatigable búsqueda de una verdad  siempre transitoria y revocable, ha logrado develar a través de la ciencia o la filosofía, son muy superiores intelectual, estética y espiritualmente al caudal de estupideces y mitos ancestrales difundidos como verdades absolutas por bribones sin escrúpulos y pergeñadas hace milenios por mentes primitivas y aterradas. Nadie en su sano juicio puede dudar que si de enriquecer el espíritu de un ser humano se trata, unas cuantas páginas de Shakespeare, Hume, Newton, Darwin, Einstein o Spinoza son infinitamente superiores a toda la superchería salvaje y balbuceante contenida en los libros sagrados de los tres grandes monoteísmos. Gracias a Christopher Hitchens comprendí que el respeto y la tolerancia son para los individuos pero nunca para las estupideces delirantes en las que muchos creen ciegamente. Sobre todo cuando no se conforman con profesar sus disparates en privado y pretenden imponérnoslas a los demás elevando sus prejuicios al rango de leyes.

He ahí pues la verdadera raíz de mi molestia ante el predecible encacillamiento de una de las mentes más originales y complejas de nuestro tiempo. Dudo que su combate vaya a ser apreciado por quienes deberían emularlo o al menos agradecerlo. Pues los detractores más funestos y peligrosos del ateísmo “hitcheano” no son esos  fanáticos religiosos que en los momentos más aciagos de su enfermedad le rezaron a sus respectivos y misericordiosos dioses pidiendo  una muerte lenta y dolorosa seguida por una merecida eternidad en el infierno para su odiado rival. Sino la gente inteligente y sofisticada que con su condescendencia pasiva y la perezosa profesión de un relativismo soso y autocomplaciente, permite que cosmovisiones bárbaras mantengan una influencia desproporcionada y absurda en los asuntos públicos al tiempo que perpetúan su poder mediante la deformación mental y espiritual de millones de niños indefensos. No comprender la importancia de la crítica de las creencias religiosas o descalificar a los poquísimos valientes que se atreven a enfrentarse a esa alianza non santa entre el fanatismo reaccionario y el progresismo políticamente correcto (abundan los imbéciles que en su tristísima miopía ven en el ateísmo militante a un enemigo simétrico del fanatismo religioso) pone en riesgo los ideales más valiosos que nuestra civilización ha logrado conquistar a través de siglos de lucha en contra de la ignorancia, la estupidez y la tiranía.

Entre los críticos del mal llamado “Nuevo ateísmo” (de “nuevo” no tiene nada y entre sus precursores se encuentran titanes de la talla de Lucrecio, Spinoza, Stuart Mill o Bertrand Russell) pululan los tarados e ignorantes jactanciosos que ni siquiera conocen la diferencia entre teísmo y deísmo. Y por lo mismo ignoran que un ateo no rechaza tajantemente la posibilidad de la trascendencia o lo sublime, ni cierra las puertas a concepciones divinas no teístas (Spinoza y Einstein son dos buenos ejemplos de ateos deístas) sino que se opone exclusivamente a la idea de un Dios creador y antropomorfo que interviene en los destinos de los hombres e impone interdicciones absurdas en lo relativo al sexo, la dieta o cualquier otra ridiculez irrelevante. Un Dios tirano que vigila cada movimiento y pensamiento de sus creaturas y que corrompe la moral haciéndola depender de premios o castigos. Esa idea enfermiza de que la mayoría de los seres humanos procuran hacer el bien y evitan el mal gracias a la promesa de un paraíso después de la muerte o al miedo ante la amenaza de un infierno de torturas y sufrimiento eterno, le resultaba particularmente repulsiva a Hitchens pues despoja a la moral de cualquier atisbo de virtud al transformarla en un burdo chantaje emocional empleado por un amo paternalista para someter los insaciables apetitos de sus esclavos salvajes. Seres tan limitados y corruptos que sólo llegan a obrar bien por miedo o interés y no por la pura satisfacción de hacer lo humanamente correcto.

Para los que aún se atreven a esgrimir la perogrullada de que si bien los religiosos no pueden probar que Dios existe, los ateos tampoco pueden demostrar lo contrario, Hitchens no se conformaba con responder lo obvio, que el peso de la prueba recae en quien afirma (si yo afirmara en este momento que el universo fue creado por una serpiente cósmica chimuela que puso un huevo después de haber sido preñada por un oso, no sería la obligación de nadie demostrar la inexactitud de mi delirio y me correspondería a mí y sólo a mí probar mis dichos) sino que acuñó un aforismo que encapsula a la perfección su habilidad retórica: “Lo que se puede afirmar sin evidencia puede refutarse también sin evidencia”.

Pero el virulento rechazo que Hitchens sentía por la superstición religiosa transcendía el simple desprecio por la estupidez o la fealdad de sus doctrinas y hundía sus raíces en un compromiso irrestricto con la libertad y una profunda animadversión por cualquier tipo de totalitarismo.  Toda tiranía terrenal tiene su origen en una tiranía celeste. Los siervos que obedecen ciegamente a un déspota de carne y hueso aprendieron el arte de la sumisión en la fe ciega y el amor obligatorio hacia un sátrapa etéreo, todopoderoso y sádico que, supuestamente, creó a la humanidad “enferma” sólo para exigirle salud obligatoria bajo la amenaza de las más atroces torturas. Es por ello que para Hitchens un ateo auténtico no se conforma con negar la realidad de esa atroz dictadura divina o con rechazar la autoridad de un padre tiránico imaginario. Sino que además se alegra de su inexistencia y celebra nuestra trágica condición de seres mortales y solitarios en busca de sentido. Esa soledad cósmica, tan insoportable para los temperamentos débiles, es la que nos hace libres y le da un valor inmenso a nuestra efímera existencia. Nada debería ser más aterrador o indeseable para un espíritu emancipado que la perspectiva de vivir bajo la supervisión permanente de un ente omnipotente, omnisciente, megalómano y lo suficientemente cruel como para permitir la asfixiante maldad que impregna cada resquicio de su “creación”.

Y sin embargo, Hitchens estaba perfectamente consciente de que mientras exista la muerte existirá el miedo y mientras exista el miedo la idea de Dios será necesaria para millones de seres humanos incapaces de encontrar consuelo o sentido en la filosofía, el arte o la ciencia. Es por ello que jamás se hizo ilusiones respecto a la desaparición de la religión y mucho menos buscó prohibir su práctica o difusión. La lucha de Hitchens se limitaba a exigir que las creencias religiosas (en especial el islam, tan protegido por los energúmenos sanguinarios que matan en su nombre y sus ingenuos aliados multiculturalistas en occidente) dejaran de ser intocables y se sometieran a la crítica y la ridiculización a la que deben estar expuestas todas las ideas en una sociedad democrática. Buscaba también legitimar y promover el ateísmo como una opción digna e intelectualmente honesta y responsable, invitando a millones de escépticos, agnósticos y ateos de clóset alrededor del mundo a abandonar sus escondites y salir a luchar a favor del humanismo secular y en contra de la enorme influencia que los fanáticos y los demagogos esotéricos siguen ejerciendo en la vida pública. Para Hitchens, además, la educación religiosa, ese oxímoron vomitivo, era una forma velada y funesta de abuso infantil. Mentes frágiles y fácilmente impresionables no deberían ser sometidas al chantaje, las amenazas y el cúmulo de falsedades que son imprescindibles para adoctrinar y aniquilar la voluntad de los nuevos creyentes.  

“Cree lo que te dé la gana pero no me impongas tus prejuicios ni envenenes la delicada mente de los niños.” Esa podría ser una síntesis más o menos fiel del mensaje que Hitchens buscaba transmitir a sus enemigos.

He ahí pues una modesta reivindicación del Hitchens al que recordarán quienes sólo lo conocieron como enemigo de “Dios”. Pero mi memoria privilegiará otros aspectos valiosos y entrañables de su personalidad: Recordaré y extrañaré al intelectual valiente, lúcido e independiente, paradigma de la mejor tradición izquierdista, que con su autonomía de pensamiento y su desprecio por la santurronería autocomplaciente tan típica del sectarismo pseudo-progresista, tanto hizo enfurecer a esa otra izquierda esclerotizada, imbécil y reaccionaria que dejó de pensar hace décadas y se atrincheró tras del odio, el resentimiento y un antiamericanismo pueril e irresponsable (en algún lugar Hitchens escribió que hoy por hoy la característica indispensable de un temperamento reaccionario es el antiamericanismo). Recordaré al aliado feroz del Kurdistán y del pueblo iraquí que apoyó la invasión estadounidense de Irak y la remoción de esa bestia sanguinaria y genocida llamada Saddam Hussein y al mismo tiempo criticó la deshonestidad y la ineptitud criminal con la que el gobierno de Bush la promovió y la llevó a cabo. En ese tema como en pocos otros (me viene a la mente su cruel e injusto ataque contra un muy anciano Gore Vidal, su maestro y el mío) nunca estuve de acuerdo con Hitchens, pero reconozco su ímpetu, la honorabilidad de sus intenciones y la valentía e inteligencia con que se enfrentó a sus antiguos correligionarios, cuyos argumentos casi siempre se limitaron a la descalificación más grosera, las teorías de la conspiración y a desplantes de simplismo histérico, mojigato e infantiloide.  Recordaré también al orador excepcional y al polemista invencible.  Al hombre que acuñó el término “islamofascismo” para referirse a la ideología de esas teocracias obscurantistas, asesinas, homófobas y misóginas que sojuzgan a buena parte de la humanidad mientras extienden sus tentáculos sobre las democracias liberales de occidente bajo la complacencia idiota del progresismo bienpensante. Al acérrimo e inclemente enemigo de Henry Kissinger y Agnes Gonxha Bojaxhiu , el mandarín maquiavélico asesino de masas y el pequeño duende pérfido al que la credulidad supersticiosa canonizó en vida y la posteridad recordará como “Teresa de Calcuta”. Al brillante ex-trotskista que abordaba a sus interlocutores y escuchas con el inverosímil epíteto de “camaradas” y era capaz de encontrar la cita idónea de Marx o el verso perfecto de Blake, Shelley o Donne para cada ocasión además de conocer mejor la Biblia o el Corán que la inmensa mayoría de sus píos rivales religiosos

Pero quizá la mejor manera de recordar a Hitchens en el plano profesional, la que él hubiera preferido, es como el heredero más digno de su gran ídolo (y el mío): George Orwell, arquetipo del intelectual público insobornable y capaz de soportar el ostracismo más severo y el vilipendio de sus contemporáneos por amor a la verdad. No es casualidad que Hitchens le haya dedicado varias páginas, ensayos completos y un libro indispensable al autor de 1984 y Homenaje a Cataluña.

Dice Graydon Carter en un breve texto publicado en Vanity Fair unas horas después de su muerte, que su estilo y la prolífica ubicuidad de sus textos hacían de Hitchens un escritor tan entrañable y cercano para sus lectores que muchos sentían que lo habían conocido personalmente (tratar de atravesar un aeropuerto a su lado, afirma Carter, era como caminar por la alfombra roja junto a una estrella de cine). Es verdad, hacía muchos años (quizá desde la muerte de Octavio Paz) que la pérdida de una figura pública no me producía tanta consternación y tristeza. Y a pesar de haber disfrutado de su compañía y magisterio constante durante años a través de sus textos y sus libros, me hubiera gustado mucho conocer a “Hitch” en persona y convivir con ese conversador genial e hipnótico, egregio y contumaz amante del tabaco y el whisky (de preferencia Johnny Walker Black Label). Auténtico alcohólico funcional capaz de beber, según múltiples testimonios, la ración mensual de un borracho promedio en una sola tarde de animada conversación entre amigos y esa misma noche escribir un ensayo de tres mil palabras sobre los servicios secretos de Pakistán o la obra de Saul Bellow. También habría sido fantástico tener la oportunidad de escuchar alguno de los discursos que pronunció en innumerables mítines políticos a finales de los años sesenta cuando su elocuencia lo convirtió en uno de los oradores más admirados y temidos de Oxford. O haber atestiguado los lances sentimentales y eróticos del tímido pero empedernido aventurero bisexual que fue en su juventud londinense, hasta el día en que, según sus propias palabras, su belleza física decayó tanto que sólo las mujeres siguieron acostándose con él.

Pero por encima de todo, me habría encantado tener el privilegio de ser su amigo, pues uno de los talentos que más he admirado siempre en Hitchens es su exquisito dominio del delicado arte de la amistad. Algunas de las páginas más hermosas y apasionadas que escribió, las dedicó a sus amigos más queridos: Martin Amis, James Fenton, Ian McEwan y desde luego Salman Rushdie a quien defendió con tesón y brillantez en los momentos más álgidos del escándalo desatado tras la condena a muerte dictada en su contra por el Ayatola Jomeini, y no sólo contra los lunáticos sedientos de sangre que pedían su cabeza sino principalmente contra las almas puras que desde occidente defendían  la frágil dignidad ofendida de los inocentes fanáticos con sofismas tan sesudos y honorables como: “él se lo buscó” o “la libertad de expresión también puede ser un fanatismo”.

La gallardía con la que enfrentó su enfermedad y la entereza con que afrontó la inminencia de su propia muerte: escribiendo, destilando sabiduría a raudales, debatiendo temas de actualidad y  reflexionando sin descanso hasta el final, evidenciaron la verdadera dimensión intelectual y espiritual de su carácter. Y las crónicas y postales que nos envió desde la antesala de la muerte se cuentan ya entre las páginas más hermosas y conmovedoras que nadie haya escrito jamás sobre el tema de la decadencia corporal y la agonía.

Entre los innumerables despliegues de dignidad y coraje que nos regaló Hitchens en los últimos meses de su vida, hay una escena en especial que no podré olvidar jamás. Sucedió durante una entrevista televisiva concedida a principios de este año. La pérdida de peso era evidente y su rebelde cabellera había desaparecido casi por completo gracias a las sesiones de quimioterapia. La plática fluyó durante casi media hora mostrando a un Hitchens lúcido, sereno y esquivando cualquier tentación de caer en la más mínima expresión de sentimentalismo. De pronto y como última pregunta, el entrevistador quiso saber si Hitchens albergaba alguna esperanza de volver a visitar la isla que lo vio nacer. “No lo sé”, respondió súbita y visiblemente emocionado, “y quizá lo que voy a decir pueda sonar cursi o excesivamente sentimental, pero no puedo soportar la idea de que quizá nunca vuelva a ver Inglaterra. ” Su voz se quebró ligeramente al pronunciar la última palabra y se hizo un silencio que pareció durar una eternidad. Una punzada de dolor atravesó mi pecho al escuchar esa respuesta. La misma punzada que sentí esa noche maldita cuando inadvertidamente abrí la página electrónica del New York Times y me topé con su foto y el enorme encabezado que anunciaba su ausencia irreparable.


Hemos perdido a un gigante intelectual, a un hombre bueno, valiente y enamorado de la vida. Para quienes lo amamos y admiramos, es momento de afrontar nuestra orfandad, cambiar, al menos temporalmente, nuestros tragos favoritos por vasos rebosantes de Johnny Walker Black Label, brindar en su honor y prepararnos para someter cada problema o evento por venir a la misma acuciante pregunta: ¿qué hubiera pensado Christopher Hitchens al respecto?

Thanks for everything, Mister Hitchens. You’ll be sorely missed… Cheers and farewell!


OEG

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