Vargas Llosa y el Nobel
Mario Vargas Llosa es el flamante ganador del premio Nobel de Literatura y con ello la Academia sueca me ha dado una satisfacción indescriptible, una alegría que, considerando los característicos altibajos de los académicos, difícilmente se repetirá en el futuro cercano. Y es que varios de los libros del gran autor peruano forman parte indispensable de mi canon personal desde hace muchos años y, con cada releída, mi fascinación por su poderío narrativo no ha hecho sino aumentar.
Hay mucho qué decir sobre Vargas Llosa y su obra, con un creador de universos tan vastos y minuciosamente detallados, no podía ser de otra forma. No me parece exagerado, por ejemplo, hablar de la solidez catedralicia (nadie merece más ese adjetivo) de sus construcciones literarias. En sus páginas casi perfectas habitan algunos de los personajes mejor logrados en la historia de la literatura. Almas desbordantes de sensibilidad, seres humanos heridos de singularidad que caminan por la vida en busca de una cura para su dolor y al mismo tiempo se aferran a su herida, la llaga que los hace doblemente únicos.
Pichula Cuéllar y la mutilación que lo arrojó a las afueras, a los márgenes de la sociedad y a la imposibilidad de pertenecer, es la encarnación misma de esa herida. Zavalita y su culpa, su asco por haber nacido en lo más alto de una pirámide social corrupta e hipócrita, y su afán, rayano en la autodestrucción, por alejarse lo más posible de sus raíces es otra expresión de lo mismo. Y qué decir del León de Natuba, ese monstruo deforme y contrahecho que, sin embargo, alberga una nobleza a prueba de balas y una inteligencia prodigiosa… Nunca sabremos si el Jaguar disparó el arma homicida, pero no nos queda ninguna duda de que es el más noble y virtuoso de los alumnos de la academia militar, y su magnética personalidad, rarísima en un personaje tan joven, nos perseguirá de por vida.
La de Vargas Llosa es pues, una literatura que celebra al individuo excepcional, al misfit, al outsider, y su lucha en contra de la sociedad que lo demoniza, que lo rechaza y lo persigue. Pero lo hace sin condescendencia ni idealizaciones vanas. La complejidad, la ambigüedad y la ironía, robustecen esas existencias ficticias hasta transformarlas en realidades concretas e inolvidables, capaces de marcar para siempre la vida del lector dispuesto a afrontar la experiencia.
Es Vargas Llosa, además, un hombre enamorado de las ideas, y su pasión política lo ha convertido en un intelectual siempre presto a la polémica y a la defensa de los valores liberales. Pero, a la hora de escribir ficción, su compromiso con la literatura es lo único que cuenta. Varios de sus mejores personajes viven desgarrados por conflictos éticos e ideológicos de solución difícilmente satisfactoria y sus, a menudo, trágicos destinos no hacen sino echar luz sobre la más humana de las tragedias, la búsqueda infructuosa de una verdad que nos rebasa y la consiguiente imposibilidad de encontrar una salida única al laberinto que nos apresa y cuya complejidad apenas atisbamos.
Su riqueza lingüística, la complejidad en la forma, la vastedad de sus mundos y el ritmo vertiginoso de muchos de sus relatos, hacen de Vargas Llosa un placer difícil. Es decir, un placer titánico, de esos que exigen ciertos requisitos antes de embarcarse en ellos y durante la travesía. Pero el viaje lo vale, pues como toda gran literatura y como todo gran arte, la prosa de Vargas Llosa transforma. Uno no vuelve a ser el mismo después de zambullirse en sus páginas y, si se me permite el desplante de ingenuidad, no me cabe duda alguna de que la transformación es siempre positiva.
Y sin embrago, jamás me atrevería a recomendar la lectura de Vargas Llosa como un medio de mejoramiento espiritual. Me limitaré en cambio a urgir al paciente lector de estas entusiastas líneas a que se acerque a su obra lo antes posible porque, leer sus mejores libros, es el equivalente literario a un orgasmo…
Felicidades pues, a Mario Vargas Llosa y sus lectores.

OEG