Por qué soy Ateo…

Esa idiotez cansina de que los ateos vivimos obsesionados con Dios es un sofisma barato y hueco que sólo exhibe la impotencia e indigencia intelectual de quien lo expresa. Y sin embargo, tarados de toda laya lo siguen repitiendo como loros, inconscientes del origen de su mantra y de su profunda vacuidad.

El ateísmo no es una filosofía de vida, ni una iglesia, ni un credo. Es, en el mejor de los casos, el rechazo crítico y tajante pero razonado y dialogante del teísmo. Sólo eso. Hay ateos vegetarianos y carnívoros, comunistas y neoliberales, admiradores de Adam Sandler o del cine de Fellini. Algunos son brillantes y otros más bien tontos. Después de todo no se necesita de una gran inteligencia para darse cuenta  de que las religiones teístas están fundadas sobre farsas absurdas y vergonzosas que fueron fraguadas por charlatanes ambiciosos y adoptadas por seres humanos aterrados en la infancia de nuestra especie. (Por eso siempre resulta insufrible que alguien se atreva a darse aires de grandeza intelectual por el solo hecho de no tragarse un cuento tan inverosímil). Lo único, pues, que une a los llamados “ateos militantes” es la certeza, sólidamente fundada, de que el teísmo es el enemigo más poderoso e ineludible que los amantes de la libertad, la belleza y la dignidad humana deben enfrentar para seguir avanzando.

¿Pero qué es el teísmo? Uno de los aspectos más deprimentes de la actual y renovada discusión sobre la inexistencia de Dios (para Marx la madre de todas las discusiones y de toda crítica) es la extendida ignorancia sobre lo que significa esa palabreja, su esencial diferencia con el deísmo y por consiguiente el profundo desconocimiento de lo que significa realmente ser ateo.

(Otro de los grandes mitos sobre los ateos, por ejemplo, es que negamos la existencia de Dios con la misma ciega obcecación con la que los teístas la afirman. Nada más lejos de la verdad. Para empezar hay ateos que creen en Dios, pero desde una perspectiva deísta. Los ejemplos sobran y van desde Spinoza hasta Einstein. Además, un auténtico ateo siempre estará dispuesto a cambiar de opinión ante la aparición de nueva evidencia que demuestre de forma contundente la existencia de uno o varios dioses. Y eso es mucho más de lo que se puede esperar del religioso promedio, cuyas creencias suelen ser impermeables a la evidencia o la argumentación racional. En cualquier caso, el peso de la prueba recae siempre en quien afirma y por eso los ateos no tenemos la obligación de demostrar la inexistencia de un ser mitológico inverosímil y le corresponde a los religiosos, y sólo a ellos, probar cada uno de sus delirios. El gran Christopher Hitchens agregaría con razón que lo que se afirma sin evidencia puede refutarse también sin evidencia).

Pero volvamos al significado de teísmo: se trata de la creencia en un Dios creador y antropomorfo, omnisciente y omnipotente, que interviene en el destino de los hombres, dicta normas sobre cada aspecto de sus vidas (de la dieta a las costumbres sexuales), atiende plegarias y exige sacrificios, vigila día y noche las acciones y los pensamientos de sus creaturas y, dependiendo de su comportamiento, reparte premios o castigos. Aquí sería bueno repetir que, ajustándonos a esa definición, existen  religiones y concepciones divinas deístas pero ateas como el budismo o el panteísmo de Spinoza e incluso las hay completamente desprovistas de la noción de dios como el shintoísmo.

¿Pero por qué algunos ateos dedicamos tanto tiempo y esfuerzo a combatir y desenmascarar la farsa teísta? La verdad es que si el teísmo se conformara con ser sólo un cúmulo horrendo de estupideces sin sentido profesadas en la intimidad de cada conciencia y se limitara a servir de refugio para los cobardes y a brindar consuelo a los incautos, ningún ser humano honesto podría oponerse a él. Habría que ser muy cruel y egoísta para empeñarse en despojar a la gente del falso consuelo de sus amigos imaginarios.

Pero el teísmo va mucho más allá de esa fachada aparentemente inofensiva. Pues además de albergar en su seno un febril afán evangelizador que busca incesantemente imponer sus prejuicios sobre quienes no los comparten, es también la fuente primordial de la más profunda y obscura maldad a la que ha descendido el espíritu humano.

Y es que todo teísmo postula y aspira a la instauración de una tiranía absoluta en la que no sólo las acciones sino los pensamientos y los sentimientos de los súbditos son vigilados constantemente por una autoridad caprichosa e iracunda que exige ser adorada, temida y amada. La ley que gobierna los destinos de tan desdichados vasallos emana de un manojo de dogmas revelados personalmente por el sátrapa omnipotente pero sólo a un puñado de elegidos, exégetas e intérpretes de su palabra y voluntad reveladas que inevitablemente terminarán transformados  en una poderosa casta burocrática encargada de exigir e imponer obediencia ciega bajo la amenaza de las más atroces torturas en esta y en la otra vida.

Es por eso que el teísmo es la raíz de todo totalitarismo terrenal. Sí, incluso de los totalitarismos “ateos” que no son más que religiones de estado. El siervo que se postra frente a un tirano de carne y hueso aprendió el arte de la abyección arrodillándose primero frente a Dios y sus embajadores. Las terribles consecuencias de este nauseabundo, indigno y enfermizo servilismo están a la vista de quien quiera verlas.

Es obvio entonces que ningún ateo, “militante” o no, vive obsesionado con un Dios en el que no cree. Pero a algunos de nosotros nos indignan, ofenden y asquean los abusos y crímenes cometidos, promovidos o justificados en su nombre por quienes aseguran ser sus representantes o seguidores y viven explotando su vaporosa existencia.

Así pues, si algo “obsesiona” y repugna a un “ateo militante”, es el horror y el sufrimiento real provocado por la superstición, el odio y la ignorancia que propaga impunemente el teísmo en todas sus presentaciones.

He aquí algunos ejemplos concretos de crímenes que deberían obsesionar a cualquier ser humano consciente y que son el combustible inagotable que alimenta la indignación vehemente de los malvados y obsesivos ateos:

-       La moral retorcida que es capaz de encubrir y promover la tortura sexual masiva de niños indefensos, mientras garantiza protección para los torturadores y se burla de las autoridades civiles con tretas descaradas y cuidadosamente diseñadas para obstruir la acción de la justicia. Y todo esto con el argumento cretino de que defender el “prestigio” de una institución esclerotizada y moribunda es más importante que garantizar el bienestar de los miembros más vulnerables e indefensos de la comunidad que le da vida.

-       El fanatismo criminal que esclaviza almas y cuerpos desde la cuna hasta la tumba, promueve el odio inextinguible y la sed de venganza ante ofensas reales o imaginarias y promete premios en el más allá para los “mártires” que demuestren su devoción masacrando infieles, herejes y apóstatas.

-       La repugnante misoginia que somete, silencia y desfigura mujeres. Prescribe la mutilación genital para las niñas. Promueve el asco y la animadversión por el cuerpo femenino y cualquier expresión de su sexualidad. Y alimenta la miseria más extrema oponiéndose al empoderamiento de la mujer (única solución comprobada en contra de la pobreza extrema y el atraso) mediante la condena sumaria de todo método anticonceptivo y la hostilidad asesina en contra de cualquier intento de educación integral enfocada a la población femenina. La expresión más siniestra de esta vileza sin nombre la encarnan esos miserables que incendian o colocan bombas en escuelas para niñas en Afganistán.

-       El enfermizo y mojigato puritanismo sexual que envenena el sexo con culpa. Es responsable directo de los crímenes de odio más atroces y del suicidio de miles de adolescentes homosexuales gracias a la promoción imbécil y testaruda de una homofobia cerril. Y condena a millones a morir de SIDA en África y América Latina, zonas donde la ignorancia y la miseria aún le garantizan a la Iglesia Católica  un control casi absoluto sobre las mentes y los cuerpos de sus devotos seguidores.

-       El cinismo hipócrita de los representantes de Dios sobre la Tierra, esos charlatanes miserables y poderosísimos, siempre dispuestos a defender los privilegios más obscenos y a lucrar política y económicamente con la ignorancia, la pobreza y el miedo.

-       El cretinismo obscurantista que sueña con enseñar creacionismo en las escuelas públicas e instila el veneno de la intolerancia, la superstición y la culpa en la delicada mente de los niños que tienen la desgracia de estudiar en escuelas confesionales. Auténticas lavanderías de cerebros y centros de reclutamiento forzado.

-       El odio rabioso a la diferencia, a la belleza, a la inteligencia, a la libertad, al placer y a la disidencia que se predica sin descanso desde el púlpito. Y la promoción insistente de la obediencia, la sumisión, la humildad, el dolor y la fe, esa virtud espuria que consiste en renunciar al pensamiento y a la libertad para mejor tragarse las estupideces más absurdas sin exigir evidencias.

-       La influencia descomunal que los mercachifles de lo sobrenatural siguen ejerciendo en las políticas públicas, aun en los países más civilizados. Y el afán incansable con el que buscan imponer su visión enfermiza de la vida mediante la transformación de los prejuicios más salvajes en leyes que afectan a millones.

Todas esas y muchas, muchísimas más, son las verdaderas “obsesiones” del “ateísmo militante”. Pero los tarados de siempre seguirán esgrimiendo los mismos lugares comunes una y otra vez para tratar de defender lo indefendible y descalificar a los poquísimos valientes que se atreven a levantar la voz y a luchar en contra de la superstición, el odio y la ignorancia.

Precisamente por eso, la derrota contundente de esos tenaces y lerdos sirvientes de la barbarie y la superstición, imbéciles útiles que no tienen ni la menor idea de a quién sirven realmente, debe ser también una obsesión para todo ser humano consecuente y preocupado por el futuro de nuestra maltratada pero tremendamente valiosa civilización.

Posdata:

Hay quienes prefieren definirse a sí mismos como agnósticos, pero la palabra no es más que un eufemismo cobarde creado por Thomas Huxley, el gran defensor de la Teoría de la Evolución de Darwin, para tratar de despistar y aplacar la intolerancia iracunda de los creyentes en una época en la que todavía podía arruinar la vida de cualquiera. A estas alturas, sin embargo, y sobre todo en occidente, andarse con eufemismos resulta contraproducente. 

Pero además, el agnosticismo y el ateísmo responden a preguntas muy diferentes. Si alguien me preguntara: “¿Existe Dios?” Mi respuesta sería: “no lo sé”. En ese sentido soy agnóstico pues me parecería un atrevimiento idiota responder con un “no” absoluto. Pero en cambio, si la pregunta fuera: “¿Crees en Dios?” Sólo un subnormal o un paciente psiquiátrico lobotomizado se atrevería a responder: “No sé”. Ante esa pregunta, la que verdaderamente importa, no hay salida fácil posible y todo aquel que responda negativamente es, lo quiera o no, un ateo.



 




OEG





Un joven lector me envió el famoso cuestionario Proust y me retó a responderlo. Nunca lo había hecho y resultó ser un buen ejercicio de auto-análisis. Muy entretenido y por momentos revelador.


¿Cuál es el defecto propio que más deplora?

Padezco el conocido síndrome “Bigmouth strikes again”, la ira me hace hablar de más y eso me lleva a herir estúpidamente a personas muy queridas. Eso, mi peligrosa proclividad a la melancolía y confiar demasiado en gente que no lo merece.

¿Cuál es el defecto que deplora más en otros?

La estupidez, el fanatismo, la ignorancia voluntaria y jactanciosa, la hipocresía y la deslealtad.

¿Cuál es su estado mental más común?

La indignación y el arrobo.

¿Cómo le gustaría morir?

Haciendo el amor. Mientras duermo. Atravesando el horizonte de eventos de un hoyo negro.

Si después de muerto debe volver a la Tierra, ¿convertido en qué persona o cosa regresaría?

En pelotero de los Yankees de Nueva York, en un lobo gris o una mujer bellísima (sería interesantísimo poseer la perspectiva de Tiresias).

¿Cuál es su personaje de ficción favorito?

Voy a escribir los primeros que se me vengan a la mente porque si no no acabaría nunca: Ulises, Alicia, El Principito, Falstaff, Peter Pan, Raskolnikov, Charles Stringham, Ignatius Reilly, Huckleberry Finn, Des Esseintes, Gregorio Samsa, Hal Incandenza, Holden Caufield, Jakob von Gunten, Frankenstein (el de James Whale no el de Mary Shelley), Carlos Argentino Daneri, Isidro Parodi, El Jaguar, Boxer (el caballo percherón de Animal Farm), George Costanza, Omar Little, Lisa Simpson, Walter White, Batman… 

¿Cuál es su mayor extravagancia?

Soy un noctámbulo irredento. A los quince años empecé a vivir de noche.

¿En qué ocasiones miente?

Cuando un extraño o un conocido del pasado pregunta por mi vida. Me divierte inventarme pasados inverosímiles para alimentar la curiosidad de los impertinentes.

¿Qué persona viva le inspira más desprecio?

Joseph Ratzinger, Rupert Murdoch, Mahmud Ahmadineyad, Carlos Salinas de Gortari, Elba Esther Gordillo.

¿A qué persona viva admira?

A esa gente que trabaja en organizaciones humanitarias seculares como Médicos sin fronteras. A las mujeres activistas de países musulmanes.

¿Qué palabras o frases usa más?

Desde hace poco más de un año la frase que más utilizo es: Te amo.

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

Vivir en Inglaterra junto al amor de mi vida y a mi perro. Que nunca falten los buenos libros, el buen cine, la buena música, el buen alcohol, la buena comida, el buen futbol, la buena plática, los buenos amigos o la buena salud.

¿Cuál es su mayor miedo?

Perder a mis seres queridos. Quedar en estado vegetativo.

¿Cuál es su mayor remordimiento?

Haber dejado de jugar tenis y tocar el piano a los 18 años…

¿Cuál es la virtud más sobrevalorada socialmente?

La fe. Y la humildad en un cercano segundo lugar.

¿Qué le disgusta más de su apariencia?.

Que no me veo como James Dean… No lo sé, creo que en general estoy conforme con lo que me tocó.

¿Cuáles son sus nombres favoritos?

Pamela, Victoria, Marina, Diego, Santiago, Pablo… Son los primeros que me vinieron a la mente.

¿Qué talento desearía tener?

Me encantaría poder dibujar o ser un virtuoso de las matemáticas.

¿Qué le desagrada más?

La fealdad negligente. La barbarie en cualquiera de sus presentaciones.

¿Cuándo y dónde ha sido más feliz?

El próximo verano en Londres junto a mi novia.

Si pudiera, ¿qué cambiaría de su familia?

Nada, porque cambiar cualquier detalle me cambiaría a mí por completo y me gustan los restos que dejó el naufragio.

¿Cuál es su mayor logro?

Haber superado dos depresiones asesinas. Haber conquistado a la niña más hermosa, inteligente y noble del universo. Haberme ganado la amistad y el respeto de mis perros.

¿Cuál es su posesión más atesorada?

Mi modesta pero invaluable biblioteca.

¿Cuál es la manifestación más clara de la miseria?

El sufrimiento de los niños.

¿Dónde desearía vivir?

En Londres o Glasgow, desde luego.

¿Cuál es su pasatiempo favorito?

Leer, leer y leer.

¿Cuál es la cualidad que aprecia más en una mujer?.

La inteligencia o, dicho de otra forma, el sentido del humor y por añadidura el de la ironía.

¿Cuál es la cualidad que aprecia más en un hombre?.

La inteligencia o, dicho de otra forma, el sentido del humor y por añadidura el de la ironía… y el coraje.

¿Cuáles son sus héroes de la vida real?

Los disidentes políticos de regímenes totalitarios. Las mujeres musulmanas que se atreven a desafiar el dogmatismo de la fe. Los hombres que son buenos padres. Albert Camus, George Orwell, Oscar Wilde…


OEG




Ante el inminente arribo de Joseph Ratzinger a México y a manera de modesta bienvenida, se me ocurrió recordar y difundir los artículos que Christopher Hitchens escribió a principios de 2010 (perfectamente documentados y plagados de enlaces en los que los píos apologistas del vejete siniestro pueden confrontar el horror sin nombre que su ídolo encubrió desde todos los altos cargos que ha ocupado dentro de la iglesia) en los que se preguntaba por qué un hombre que durante tantos años se ha dedicado a encubrir la tortura y violación masiva de niños indefensos (el caso de los pequeños sordos es de una vileza indescriptible aun en medio de esta historia nauseabunda y repugnante) podía viajar impunemente por el mundo protegido por una inmunidad diplomática risible, el fanatismo cómplice de sus fieles y la cobardía indigna de las autoridades locales e internacionales. Este no es un asunto de antipatía atea o de retórica inflamada, ojalá fuera tan sencillo. Se trata de poner en evidencia el manto de impunidad que la idolatría y la condescendencia criminal disfrazada de “tolerancia religiosa” son capaces de tender incluso sobre uno de los crímenes más abominables e indignantes que un ser humano pueda llegar a concebir. 
Se necesita mucha fe ciega para hacer que una mente sana o un intelecto decente cierre los ojos ante un horror de está dimensión y trascendencia. Pero la religión suele engendrar concepciones retorcidas y enfermizas de moralidad y por eso no debería extrañarnos que una institución que no movió un solo dedo en contra de ningún miembro del partido nazi por el exterminio de millones de judíos pero sí encontró razones suficientes para excomulgar a Joseph Goebbels (ministro de propaganda de Hitler) por el imperdonable acto de contraer nupcias con una mujer protestante, produzca hombres como Joseph Ratzinger, cretinos morales capaces de pensar sinceramente que el prestigio de una institución senil, esclerotizada y decadente está por encima del bienestar físico y mental de miles de pequeños indefensos marcados de por vida  por la sevicia impune de sádicos despreciables encargados de su cuidado. 
Minimizar, justificar o ignorar los crímenes de Ratzinger es un acto de cobardía y superstición despreciable y quien se atreve a cometerlo traiciona la decencia más elemental. Ratzinger merecería ser juzgado y condenado por su sociopatía cínica e irredenta y no recibir honores dignos de un jefe de estado y mucho menos ser considerado un “líder espiritual”.



OEG




Los artículos de Christopher Hitchens contra Ratzinger: 

The pope’s entire career has the stench of evil about it.

The Catholic priests who abused children—and the men who covered it up—must be prosecuted.

The crimes within the Catholic Church demand justice.

Bringing priestly offenders and the church’s enablers to justice.

Bring the Pope to Justice


Ante el inminente arribo de Joseph Ratzinger a México y a manera de modesta bienvenida, se me ocurrió recordar y difundir los artículos que Christopher Hitchens escribió a principios de 2010 (perfectamente documentados y plagados de enlaces en los que los píos apologistas del vejete siniestro pueden confrontar el horror sin nombre que su ídolo encubrió desde todos los altos cargos que ha ocupado dentro de la iglesia) en los que se preguntaba por qué un hombre que durante tantos años se ha dedicado a encubrir la tortura y violación masiva de niños indefensos (el caso de los pequeños sordos es de una vileza indescriptible aun en medio de esta historia nauseabunda y repugnante) podía viajar impunemente por el mundo protegido por una inmunidad diplomática risible, el fanatismo cómplice de sus fieles y la cobardía indigna de las autoridades locales e internacionales. Este no es un asunto de antipatía atea o de retórica inflamada, ojalá fuera tan sencillo. Se trata de poner en evidencia el manto de impunidad que la idolatría y la condescendencia criminal disfrazada de “tolerancia religiosa” son capaces de tender incluso sobre uno de los crímenes más abominables e indignantes que un ser humano pueda llegar a concebir.

Se necesita mucha fe ciega para hacer que una mente sana o un intelecto decente cierre los ojos ante un horror de está dimensión y trascendencia. Pero la religión suele engendrar concepciones retorcidas y enfermizas de moralidad y por eso no debería extrañarnos que una institución que no movió un solo dedo en contra de ningún miembro del partido nazi por el exterminio de millones de judíos pero sí encontró razones suficientes para excomulgar a Joseph Goebbels (ministro de propaganda de Hitler) por el imperdonable acto de contraer nupcias con una mujer protestante, produzca hombres como Joseph Ratzinger, cretinos morales capaces de pensar sinceramente que el prestigio de una institución senil, esclerotizada y decadente está por encima del bienestar físico y mental de miles de pequeños indefensos marcados de por vida  por la sevicia impune de sádicos despreciables encargados de su cuidado.

Minimizar, justificar o ignorar los crímenes de Ratzinger es un acto de cobardía y superstición despreciable y quien se atreve a cometerlo traiciona la decencia más elemental. Ratzinger merecería ser juzgado y condenado por su sociopatía cínica e irredenta y no recibir honores dignos de un jefe de estado y mucho menos ser considerado un “líder espiritual”.


OEG



Los artículos de Christopher Hitchens contra Ratzinger: 


The pope’s entire career has the stench of evil about it.


The Catholic priests who abused children—and the men who covered it up—must be prosecuted.


The crimes within the Catholic Church demand justice.


Bringing priestly offenders and the church’s enablers to justice.


Bring the Pope to Justice

Oscar’s Oscars…

A una semana de la entrega de los Óscares, he aquí una lista, brevemente comentada, con mis películas favoritas del año pasado y también con la basura cinematográfica que más detesté en el 2011.


LO MEJOR:

- The Tree of Life.

La película del año. Un poema visual de dimensiones épicas. Malick nos transporta a los años cincuenta del siglo veinte y nos incrusta, no hay término más preciso, en el corazón de una joven familia texana de clase media, convirtiéndonos en espectadores extasiados de sus modestas existencias. Modestas, sí, pero rodeadas de belleza y profundamente significativas en su aparente nimiedad. Y es que la relevancia existencial no se mide en masa ni años luz y el desconsuelo de una madre no desmerece ante la fría inmensidad de los astros y resuena en cada rincón del universo. Decía Pascal que es peligroso mostrarle al hombre cuán semejante es a las bestias sin recordarle también su insólita grandeza. Esa es precisamente la intención del gran maestro texano cuando decide, en uno de los paréntesis narrativos más osados de la historia del cine, transportarnos al origen mismo del universo y regalarnos un paseo inolvidable y sobrecogedor a través de su historia. El ser humano es apenas un suspiro en esa vertiginosa inmensidad y sin embargo su presencia consciente dota lo que toca de sentido, y el amor o el dolor desencadenado por la muerte de un hijo son eventos cósmicos capaces de opacar el nacimiento de una estrella. Me parece increíble que alguien haya querido ver rastros de misticismo “new age” en una secuencia tan apegada a nuestra mejor tradición científica, del Big Bang a la teoría de la evolución, pasando incluso por esa maravillosa insinuación de que quizá los dinosaurios hayan llegado a poseer emociones tan complejas como la compasión o el altruismo. Desde luego que una ama de casa de la posguerra iba a invocar a Dios en medio de la desgracia, pero su clamor recibe silencio como única respuesta.

Pero lo demás no es silencio, sino una emotiva y lúcida crónica familiar vista principalmente desde una perspectiva infantil, a través de los ojos del hijo mayor del joven matrimonio. Está el entorno: una Texas semi-rural que se nos presenta como el lugar ideal para crecer y explorar a fondo esa etapa mágica y misteriosa de la vida. Están los amigos, los ríos, los perros y los animales salvajes. El ocio veraniego y el vandalismo a veces inocuo y otras cruel. Las primeras desgracias que, experimentadas a la distancia y en piel ajena, detonan una toma de conciencia paulatina pero incontenible. Está también una madre con alma de ninfa, dulce, bellísima y etérea. Y el padre, un músico frustrado, severo y ligeramente amargado pero responsable, honesto y afectuoso, sinceramente preocupado por formar el carácter de sus hijos. Están los hermanos y la envidia fraterna desencadenada por el intempestivo arribo de un elegido de los dioses, el hijo fatalmente favorito, uno se esos seres luminosos que con su sola presencia modifican la dinámica vital de quienes los rodean. Es precisamente su muerte la que provoca un cisma existencial en la familia y extiende su sombra sobre la vida adulta de su hermano mayor. La belleza de las imágenes, captadas con pericia técnica y sensibilidad avasallante por Emmanuel Lubezki, la frescura de las actuaciones (especialmente las infantiles y la de la angelical Jessica Chastain), y el virtuosismo desplegado en la sala de edición por Mallick y sus colaboradores, hacen que el espectador sienta que lo que ve no es ficción sino un fragmento de la memoria de alguien, un recuerdo vívido de colores intensos y sedosas texturas que invitan al abandono contemplativo y extático. Es como ser testigo presencial de la filmación del más hermoso documental jamás creado.

Mucho se ha escrito sobre la secuencia final de la película y en casi todos sus detractores detecto una apresurada e injustificada indignación, originada quizás en un sano escepticismo. Lo que me queda claro es que Malick no nos presenta una escena desde la vida después de la muerte (el personaje de Sean Penn no muere en ningún momento) sino, quizá, una representación visual de nuestros más profundos anhelos: Que al cruzar el umbral que nos separe de la vida, tengamos la oportunidad de reencontrarnos aunque sea brevemente con los seres queridos que se fueron antes que nosotros, para pedir perdón y otorgarlo antes de desaparecer por completo o seguir adelante.

En una época en que las fórmulas probadas una y otra vez y cada vez con menor gracia y el esnobismo hueco y soporífero, reinan en las taquillas y el aprecio de un público confundido, Terrence Malick nos muestra las cimas que el celuloide puede alcanzar cuando la ambición y el talento necesario para hacerla realidad se conjugan. Y tener la oportunidad de disfrutar de la mirada privilegiada de un auténtico maestro del cine, en la cima de su poderío creativo, es un honor inestimable.


- Drive

Lo voy a decir porque me gusta balancearme sobre el abismo de la blasfemia pero sobre todo porque creo que es la verdad: Ryan Gosling es el nuevo Steve McQueen. Y no pudo encontrar un mejor vehículo para exhibir sus dotes de héroe romántico y trágico (insobornable, imperturbable y enérgico pero al mismo tiempo conmovedoramente vulnerable), que esta joya del demente Nicolas Winding Refn. Todo en este vertiginoso viaje nocturno colinda con la perfección: el casting, las actuaciones (con un Albert Brooks genial que consigue robarle un poco de cámara al hipnótico Gosling), las persecuciones, las sobrias y estilizadas escenas de violencia, la increíblemente fotogénica ciudad de Los Ángeles y por supuesto la mejor banda sonora del año, una auténtica maravilla que más que acompañar las imágenes las dota de una etérea permanencia. En un mundo en el que todo aspira a ser “cool” sin conseguir casi siempre sino hacer el ridículo, no es un logro menor de Winding Refn haber conseguido encarnar tan inaprensible cualidad en su lacónico y taciturno chofer… chamarra con escorpión incluida.


-Rise of the planet of the apes:

El blockbuster veraniego del que pocos esperaban algo y terminó sacando la cara por el cine hollywoodense y colándose en cualquier cantidad de listas con lo mejor del año cinematográfico. Una película emocionante, inteligente y entrañable que demostró una vez más que la calidad y la complejidad no están peleadas con la taquilla. La larga secuencia final tiene más acción, adrenalina y drama que todas las películas de Michael Bay juntas.


- The descendants

Pocos directores de cine son capaces de dotar sus obras con una atmósfera inconfundible. Alexander Payne es uno de esos raros especímenes que le dan sentido a la teoría del autor y en este caso en particular vuelve a imbuir una historia originalísima con su peculiar y lacónica visión de la vida, a un tiempo trágica y melancólica pero luminosa y esperanzadora. Una modesta joya que brilla a base de finísima ironía.


- Margin Call

Una película casi perfecta, incomprensiblemente ignorada por la academia. El guión es espectacular. La historia, basada en la quiebra de Lehman Brothers que desencadenó la más grande crisis financiera desde los tiempos de la gran depresión, resuena con una actualidad escalofriante y las actuaciones están a la altura de un reparto de lujo. Es incomprensible que un bodrio infumable como “The ides of march” le haya robado reflectores a una obra tan relevante cultural, política y socialmente hablando.


- Moneyball

Esta no es únicamente una película sobre Beisbol, es un ensayo que, basándose en las ideas del gran Daniel Kahneman (padre de la “economía del comportamiento”), busca poner en evidencia la incurable tendencia a la irracionalidad del ser humano. Pero también, desde luego, es una película sobre beisbol y no sólo eso, sino una excelente película sobre beisbol. Lo cual no es fácil de encontrar y, al menos ante mis ojos, eso la convierte en un tesoro invaluable. Brad Pitt, por cierto, está fantástico en su papel de perdedor asqueado del sabor de la derrota.


- Tinker Tailor Soldier Spy

Un auténtico manjar de paranoia, suspenso, traición y flema británica. La calidad del reparto da vértigo y ese gran camaleón llamado Gary Oldman logra encarnar al mítico George Smiley de forma tan convincente que hasta el más exigente lector de Le Carré quedará satisfecho. Advertencia: No hay balazos, explosiones, ni tetas… Este es un cine inteligente y de deliciosa complejidad.


- Take Shelter

Michael Shannon vuelve a demostrar que es un virtuoso de la actuación en este drama piscológico rebosante de paranoia apocalíptica, ideal para los tiempos que corren. Una película originalísima y por momentos francamente aterradora. Jessica Chastain está maravillosa como una esposa dispuesta a llevar hasta las últimas consecuencias el amor que siente por su marido. He aquí una auténtica joya a la que los imbéciles de la Academia decidieron ignorar… ¿Demián qué?


- La piel que habito

Una historia con una premisa originalísima y subversiva aunque desigual en su ejecución, que nos demuestra que Almodóvar es capaz de crear obras relevantes aun en sus momentos de menor inspiración.


- The flowers of war

Veinticinco años después de su maravillosa actuación en El Imperio del Sol de Spielberg, Christian Bale regresa a China durante la ocupación japonesa, en una épica impecable y emotiva del maestrazo Zhang Yimou.


- Cave of forgotten dreams

Herzog en su elemento, transmitiéndonos su pasmo y especulando brillantemente sobre un pasado tan remoto que apenas y podemos vislumbrar. ¿Caminó realmente ese niño hace quince mil años junto a un lobo? ¿Eran amigos o uno la presa indefensa del otro? Son estas maravillas las que pueden llegar a enamorar a un niño o a un adolescente de la milagrosa y perpetuamente inquisitiva curiosidad científica. Una película imperdible para cualquier ser humano con fuego en el alma.


- Project Nim

Una exploración desgarradora de nuestra difícil y siempre trágica relación con la naturaleza. Una obra indispensable que exhibe la frivolidad de gran parte de la experimentación con animales y el simplismo bobalicón que yace en el fondo de toda idealización de la naturaleza. Los paralelismo con “The rise of the planet of the apes” hacen que disfrutarlas una después de la otra y sin importar el orden, sea una experiencia sumamente estimulante y disfrutable. El mejor documental del año.

- Hugo

Un sentido canto de amor al arte de narrar con imágenes en movimiento. El homenaje de un gran maestro a uno de los pioneros indispensables del arte cinematográfico. Todos los niños inteligentes y los adultos libres del mundo pasarán un momento inolvidable y enriquecerán su espíritu con este insólito y deslumbrante manjar Scorsesiano.


- Midnight in Paris

Este no es más que un festival de clichés y lugares comunes literarios e históricos que sin embargo resulta una experiencia entrañable e inolvidable. Ojalá todos los clichés del mundo fueran tan hermosos, interesantes y simpáticos como los que emplea Allen para tejer su cuento de hadas parisino. Nunca una película tan mala había sido tan buena…


LO PEOR:

-Melancholia

Decía Roberto Bolaño que la vida sólo merece la pena ser vivida en la adolescencia y que esa maravillosa y menospreciada etapa vital puede prolongarse tan lejos como la libertad del individuo. Y tiene mucha razón, aunque sólo si lo que se busca es preservar las virtudes más preciosas y frágiles de la adolescencia, esas que regularmente quedan sepultadas muy pronto bajo un basurero espiritual de cinismo, fealdad y claudicación, que los imbéciles suelen cubrir con el manto de la pía palabra “madurez”. Me refiero a la nobleza, a la generosidad y curiosidad sin límites, a la inconformidad perpetua y la capacidad de asombro, a una ingenuidad a prueba de cinismos derrotistas y a esa indignación incurable ante la injusticia y estupidez del mundo “adulto”. Por eso es importante recordar que Bolaño escribió lo anterior mientras divagaba en torno a la figura de Huckleberry Finn, el entrañable e insuperable héroe adolescente creado por Mark Twain. Pero hay formas de convertirse en un púber eterno mucho menos simpáticas o edificantes. ¿Qué pasaría por ejemplo si alguien decidiera basar su proyecto de inmadurez vitalicia no en el maravilloso Huck sino en Beavis o Butthead?

Ese es el caso de Lars von Trier, un payaso bobalicón e insufrible al que el mal gusto de la época ha elevado al rango de “autor” aunque su abominable obra esté lejos de merecerlo. El suyo es un intelecto subdesarrollado y pueril que gusta de solazarse en el maniqueísmo más estúpido y simplista como un cerdo se revuelca en la inmundicia. Por eso es tan descorazonador ver cómo un tipo sin ningún talento evidente es tomado en serio por amplios sectores de la crítica mientras aprovecha el prestigio de foros cinematográficos importantísimos para exhibir sin pudor su arrogancia impotente. Desde el inicio de su carrera, von Trier se ha caracterizado por confundir la tragedia con el melodrama más barato y lacrimógeno y por frivolizar cualquier tema que tenga la desgracia de caer en sus torpes pezuñas.

Melancholia no podía ser la excepción. Y con una estética digna de una campaña del Palacio de Hierro y la acostumbrada cámara con Parkinson que hace que su cine sea nauseabundo en el más estricto sentido del término, nuestro héroe decidió embarcarse en la modesta misión de explorar el misterio de la depresión en un contexto apocalíptico. El resultado es un bodrio infumable e indignante. Cualquier persona que haya sufrido los embates del terrible perro negro de la depresión sabe perfectamente que es un tema no apto para un pintor de brocha gorda como von Trier, enemigo mortal de la sutileza. El personaje encarnado por Kirsten Dunst es tan grotescamente caricaturesco, irritante y antipático, que es un insulto a la inteligencia del espectador, al talento de la actriz y al sufrimiento real de millones de seres humanos aquejados con ese mal mortal. Alguna vez leí con incredulidad y pasmo que un importante crítico opinaba que una de las virtudes innegables de von Trier era su capacidad para “entender muy bien a las mujeres”. Creo que es el comentario más misógino que haya leído en mi vida y si fuera mujer me habría sentido más ofendida con ese disparate que con cualquier despropósito machista emitido por el Vaticano. El ridículo y condescendiente “hembrismo” de von Trier sólo es comparable al de Stieg Larsson, su vecino nórdico. Y cualquier ser humano que comparta esa visión caricaturizada y torpemente idealizada de la mujer, sabe tanto del temperamento femenino, o de la naturaleza humana, como un nazi de genética.

La triste realidad es que el espíritu obtuso y soez de Beavis y Butthead no ha muerto, vive en Dinamarca encarnado en un pobre diablo sobre-alimentado y pretencioso que envejeció sin madurar y se dedica a engañar bobos con una obra inane, hueca y efectista que no merecería la atención ni del más miope consumidor de “cine de arte”…


-The ides of march

No puedo ni siquiera explicarme el motivo de la existencia de esta película. La historia es tan trillada y predecible que hasta el espectador menos curtido sabe lo que va a pasar desde la primera secuencia. Y sin embargo también quiere creer que se equivoca, que el producto ultra promocionado e inflado por la crítica que tiene enfrente es algo más que la enésima, tediosa, crónica de la caída de un político provocada por un escándalo sexual. No hay ni el más mínimo asomo de originalidad, renovación (¿por qué no pensar en un político conservador y defensor del matrimonio tradicional y los valores cristianos que oculta una vida homosexual en el ropero, por ejemplo?) o de complejidad en una historia que termina siendo sólo un capítulo más, aunque sobre-producido y extendido, de “Mujer, casos de la vida real” con aborto y suicidio incluidos… Es una pena que una película infinitamente más seria y relevante como “Margin call” se haya perdido en el ruido que promueve basura como esta.



- El caballo de Turín

Dice Borges en “Fragmentos de un evangelio apócrifo”: Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria. En el cine lo mismo se podría decir de los que saben que el tedio no es una corona de profunda complejidad. Desde luego que hay tedios fructíferos, obras de arte aparentemente aburridas pero con médula, que exigen del espectador atención y paciencia para revelar su magia. Pienso en el cine de Tarkovski o Ingmar Bergman, por ejemplo. Pero este calvario de dos horas y media de duración no forma parte de ese exclusivo club y es necesario denunciar a Tarr, un charlatán que anticipó con impecable intuición y envidiable cálculo económico la reacción de su público cautivo: esa gente que prefiere morir de aburrimiento antes de atreverse a cuestionar la existencia del traje invisible del emperador o la brillantez del gran director (¡es húngaro y filma en blanco y negro!). Lo único que se me ocurre decir de esta tomadura de pelo es que plasma de manera inmejorable la idea que un hombre estúpido tiene del cine inteligente.


- Miss Bala

Esta es, por mucho, la peor película que tuve la desgracia de ver este año y quizá en toda mi vida. Un carnaval de desatinos bochornosos sin paralelo. Me duele decirlo porque soy un fiel admirador de la ópera prima de Naranjo, la delicada y hermosa Drama/Mex. Pero este bodrio es imperdonable. Las actuaciones son espeluznantes y más que pena ajena dan lástima. El guión es un carnaval de incoherencias, lugares comunes y disparates que parece escrito por un paranoide oligofrénico. Cuando alguien pretende tocar un tema tan complejo y espinoso como el de la guerra contra las drogas es indispensable que se prepare y lo conozca a fondo, a riesgo de terminar haciendo el ridículo. Pero las “ideas” de esta gente tienen un largo camino qué recorrer antes de poder ser consideradas siquiera como simplistas o esquemáticas.

En medio del desastre y el caos narrativo, uno alcanza a adivinar que los creadores de esta abominación están en contra de la prohibición y la violencia inútil, hipócrita y absurda que genera una guerra sin sentido. Pero el único mensaje que logran transmitirle a los prohibicionistas furibundos es que sus detractores pueden llegar a ser tan imbéciles como ellos. Aunque, y esta es la única cualidad redentora que le encuentro a este fiasco patético, al menos la idiotez de los críticos de la “guerra contra las drogas”, por más desesperante y antiestética que sea, no es cómplice en la muerte de miles de seres humanos ni en la erosión del sistema democrático de países enteros.


- Sucker Punch

Zack Snyder terminó de derrochar la credibilidad que alguna vez poseyó con este despliegue obsceno de superficialidad empalagosa. Ni siquiera Baz Luhrmann en un mal día sería capaz de crear un producto tan trivial y vomitivo. Creo que eso lo dice todo.



OEG


Hitchens, la misoginia y el “orden mítico”. Una respuesta.

Gracias a un par de RT’s de Alberto Ruy Sánchez me topé con una breve discusión sostenida en Twitter en torno a la obra y la personalidad de Christopher Hitchens y detonada por una columna mezquina y mendaz escrita por Katha Pollitt y publicada, dónde más, en The Nation, ese cubil de izquierdismo reaccionario en el que abundan los egos heridos que nunca pudieron perdonar la “traición” de Hitchens y mucho menos superar su partida a principios de la década pasada rumbo a páginas más plurales y menos mojigatas.

Dos cosas me llaman poderosamente la atención en la discusión y la columna que la provocó. En primer lugar la arbitraria comparación que hace Aurelio Asiain entre Hitchens y Claude Lévi-Strauss y sobre la que nos asegura: “es interesante porque son opuestos. Uno pensó el orden mítico; el otro lo combatió con lugares comunes”. De hecho, la comparación planteada en esos términos es, para decirlo con tacto, torpe y simplista. Lévi-Strauss era un antropólogo dedicado a estudiar el origen de los mitos, su desarrollo y posible significado desde una perspectiva académica. Mientras que Hitchens era un crítico cultural que dedicó gran parte de su tiempo y energía a combatir la nociva influencia de ese “orden mítico” en la vida concreta de millones de seres humanos alrededor del mundo. Se necesita ser muy tonto, ignorante o partir desde una inocultable mala fe para tragarse el cuento de que los brillantes libros de Lévi-Strauss se contraponen en algo a la obra de Hitchens, quien siempre luchó en contra del fanatismo y la barbarie religiosa expresada mediante la mutilación genital de niñas, el asesinato masivo de “infieles”, la ejecución pública de homosexuales, la violación y ejecución sumaria de mujeres y niñas vírgenes condenadas a muerte por “crímenes de honor” (el pío Corán prohíbe estrictamente ejecutar vírgenes, de ahí la indispensable violación previa) o el antiintelectualismo obscurantista de quienes se empeñan en enseñar creacionismo o “diseño inteligente” en las escuelas públicas.

Intuyo que lo que Asiain pretendía al compararlo con la mesurada y académica erudición de Lévi-Strauss era retratar a Hitchens como un filisteo oportunista que ataca lo que no entiende, algo que sólo un lector muy superficial de su obra podría sostener. Pero la verdad es que desde sus respectivas trincheras intelectuales, ambos desempeñaron labores muy distintas pero complementarias y por ningún motivo “opuestas”. Lévi-Strauss se dedicó a desentrañar, sin profesarlo, ese “orden mítico” tan reverenciado por Asiain, y Hitchens a denunciar y estudiar las terribles consecuencias que la supervivencia de las más bárbaras y retrógradas ideas que lo constituyen le ha traído a la humanidad, y a encabezar la lucha en contra de sus más sanguinarios devotos. Sobra decirlo, pero Hitchens tenía un conocimiento profundo de las religiones y mitologías más importantes del mundo y jamás se opuso a su estudio o a la apreciación de las innumerables obras de arte y perlas de sabiduría que emanaron de su seno.

El dislate de Asiain me interesa porque acusar de ignorante a quien se opone a los crímenes y disparates de la fe, es un lugar común al que suelen recurrir los más irreflexivos detractores de Hitchens y del ateísmo militante. Es curioso que Asiain se haya colgado de un lugar común tan típico para acusar a Hitchens de dedicarse a dispensarlos.  

 I my­self am a strong be­liev­er in the study of re­li­gion, first be­cause cul­ture and ed­uca­tion in­volve a re­spect for tra­di­tion and for ori­gins, and al­so be­cause some of the ear­ly re­li­gious texts were among our first at­tempts at lit­er­ature. 

How­ev­er, those who per­se­cute re­li­gion are to be avoid­ed at all costs. Antigone taught us to trust the in­stinct that is re­volt­ed by des­ecra­tion. Sub­lime works of paint­ing and ar­chi­tec­ture and po­et­ry have been wrought by those who, in my hum­ble opin­ion, were la­bor­ing un­der a mis­ap­pre­hen­sion (as their re­li­gious lead­ers in­di­rect­ly con­firmed by their own pro­fan­ities and book-burn­ings and “cru­sades” and in­qui­si­tions.) What I pro­pose to you is a per­ma­nent en­gage­ment with those who think they pos­sess what can­not be pos­sessed. Time spent in ar­gu­ing with the faith­ful is, odd­ly enough, al­most nev­er wast­ed. The ar­gu­ment is the ori­gin of all ar­gu­ments; one must al­ways be striv­ing to deep­en and re­fine it; Marx was right when he stat­ed in 1844 that “the crit­icism of re­li­gion is the premise of all crit­icism.”

Christopher Hitchens


Respecto a la vomitiva columna de Pollitt, se trata simplemente de un ataque hipócrita, cobarde y venenoso que destila resentimiento y busca retratar a Hitchens como un borracho grosero y un machista misógino enemigo de las mujeres. La primera acusación me interesa poquísimo aunque remito al lector a los muchos testimonios publicados por sus amigos en los últimos días para hacerse una idea más completa de su compleja personalidad. 

La segunda acusación, sin embargo, es una calumnia tan crasa y miserable que merece ser exhibida en toda su falsedad. Hitchens dedicó una muy buena parte de su talento a defender a uno de los grupos más denigrados y vejados del mundo: las mujeres musulmanas. Y mientras las feministas occidentales como Pollitt se retorcían como poseídas cada vez que alguien buscaba enriquecer el debate sobre el aborto con argumentos más complejos que los que reducen al feto a un simple tumor del que se puede disponer sin problemas o remordimientos (estoy completamente a favor del aborto por cualquier causa durante el primer trimestre de embarazo y en cualquier momento de la gestación si la vida de la madre corre peligro, pero no comparto el reduccionismo idiota con el que el feminismo más cerril busca negar la complejidad del tema). O se dedicaban a condenar la obra de Freud, Shakespeare, Montaigne y muchos otros “hombres blancos muertos” por ser profundamente “machistas”. O disculpaban los crímenes más atroces en contra de sus hermanas en países musulmanes apelando al respeto multiculturalista por los “usos y costumbres” de otros pueblos (aunque esos otros pueblos sean en realidad  jerarcas religiosos y déspotas políticos que imponen, a menudo violentamente, sus “usos y costumbres” sobre víctimas indefensas). Mientras buena parte del femenismo occidental perdía el tiempo persiguiendo herejes y discutiendo sofismas bizantinos, Hitchens se dedicaba a denunciar las violaciones tumultuarias, los matrimonios arreglados entre cincuentañeros y niñas impúberes, la mutilación genital de miles de niñas inocentes, la desfiguración con ácido de los rostros femeninos que osan exhibirse a plena luz del día para provocar la lujuria de los hombres y apartarlos del camino de Alá, la lapidación de las “adúlteras” (casi siempre mujeres violadas por algún familiar o amigo del marido), la ejecución pública de adolescentes lesbianas en Irán o el bombardeo cobarde de escuelas para niñas en Afganistán. Cuántas veces escuché a Hitchens  denunciar y protestar contra la difusión del asco enfermizo y el odio virulento que los representantes de Dios sobre la Tierra han sentido siempre por el cuerpo femenino, por la genitalia femenina, por la menstruación (esa inmundicia como cariñosamente la llama el Levítico), por el deseo y la sexualidad femenina en todas sus expresiones. Por si esto fuera poco, fueron innumerables las ocasiones en que Hitchens acusó y denunció a los tres grandes monoteísmos por ser los peores enemigos de la única solución comprobada en contra de la pobreza: el empoderamiento de las mujeres. Está demostrado que liberar a la mujer del ciclo reproductivo animal al que la condenan la naturaleza y los fanáticos religiosos de toda laya, brindarle educación e independencia económica puede hacer la diferencia en la regeneración del tejido social hasta en las poblaciones más hundidas en la pobreza y la ignorancia. Hitchens lo sabía muy bien y se dedicó a gritarlo a los cuatro vientos y en todos los foros a los que su enorme prestigio le daba acceso.

En resumen, Hitchens fue  un luchador incansable en contra de las poderosísimas fuerzas de la ignorancia y la intolerancia que siempre se han opuesto a la liberación de la mujer y ni todo el resentimiento y la mala fe de las “Kathas Pollitts” de este mundo podrá borrar su valioso legado.


 Let me try to summarize and update the situation like this: Here is a society where rape is not a crime. It is a punishment. Women can be sentenced to be raped, by tribal and religious kangaroo courts, if even a rumor of their immodesty brings shame on their menfolk. In such an obscenely distorted context, the counterpart term to shame—which is the noble word “honor”—becomes most commonly associated with the word “killing.” Moral courage consists of the willingness to butcher your own daughter.

Christopher Hitchens


Un último detalle que me provocó más risa que indignación en el libelo de Pollitt. Sólo un idiota o un lector torpe y perezoso podría considerar las importantes pero mediocres novelas de Orwell como la parte más relevante o valiosa de su indispensable obra.    

OEG


   

Christopher Hitchens (1949 - 2011)

Ha muerto Christopher Hitchens uno de los intelectuales más influyentes de las últimas décadas. Polemista implacable. Crítico cultural lúcido y combativo. Escritor de erudición portentosa y prosa riquísima y deslumbrante. Periodista épico y comprometido con innumerables causas. Hombre enamorado de la vida y sus placeres más refinados y peligrosos, esos que suelen pagarse caro: el tabaco, el alcohol, la verdad a costa de lo que sea y la belleza humana, por ejemplo. Y, last but not least, ateo militante e irredento. El más despiadado enemigo que la superstición y sus comerciantes hayan tenido que enfrentar desde los tiempos de Mark Twain.  

No sé por qué me molesta tanto que sea precisamente esta última faceta de su compleja personalidad, su anti-teísmo, la que más gente terminará asociando con el nombre de Hitchens en el futuro. Aunque estoy seguro de que a él no le molestaría en lo más mínimo. No en vano dedicó tanto tiempo y energía a debatir con cualquier cantidad de charlatanes, mercachifles y demás fauna compuesta por alcahuetes de lo sobrenatural. En este, como en todos los temas que le apasionaban, Hitchens no discriminaba enemigos, a todos los enfrentaba con la misma seriedad y sometía al mismo, rudísimo, tratamiento a base de razonamientos impecables,  datos duros extraídos de su vastísima cultura, una agilidad mental punzante y un sentido del humor hirientemente corrosivo.

Probablemente lo que me irrita es que sean tan pocos los que se sumergieron o sumergirán realmente en su obra,  disfrutándola en toda su riqueza y profundidad. Hitchens el ateo terminará, por ejemplo, opacando al ensayista y crítico literario capaz de encapsular en unas cuantas cuartillas un seminario completo y rebosante de sensibilidad y penetración sobre la obra de P.G. Wodehouse, Rebeca West (pensar que tantas “feministas” de nuestros tiempos van por la vida tan tranquilas sin haberla leído o saber siquiera que existió), Philip Larkin u Oscar Wilde. Pero eso no es lo único que me inquieta. Debo confesar con remordimiento que en algún momento de mi vida como lector atento de su obra, su obstinada militancia anti-teísta llegó a incomodarme, pues me parecía una necedad descortés e inútil. Inconscientemente adoctrinado por esa nociva claudicación intelectual que es la falsa tolerancia religiosa, mitad condescendencia arrogante y mitad ceguera negligente, pensaba desde mi propio ateísmo pasivo, y como tanta gente inteligente y cultivada de nuestro tiempo, que respetar las creencias religiosas equivalía a no someterlas a ningún tipo de crítica racional y mucho menos a la sátira o la burla. Pues la razón, asegura este insufrible y perezoso lugar común, no puede dar cuenta de los misterios más importantes de la vida. Pero la incómoda realidad es muy diferente a esta idiotez sin fundamento, pues las modestas respuestas que la razón, en su infatigable búsqueda de una verdad  siempre transitoria y revocable, ha logrado develar a través de la ciencia o la filosofía, son muy superiores intelectual, estética y espiritualmente al caudal de estupideces y mitos ancestrales difundidos como verdades absolutas por bribones sin escrúpulos y pergeñadas hace milenios por mentes primitivas y aterradas. Nadie en su sano juicio puede dudar que si de enriquecer el espíritu de un ser humano se trata, unas cuantas páginas de Shakespeare, Hume, Newton, Darwin, Einstein o Spinoza son infinitamente superiores a toda la superchería salvaje y balbuceante contenida en los libros sagrados de los tres grandes monoteísmos. Gracias a Christopher Hitchens comprendí que el respeto y la tolerancia son para los individuos pero nunca para las estupideces delirantes en las que muchos creen ciegamente. Sobre todo cuando no se conforman con profesar sus disparates en privado y pretenden imponérnoslas a los demás elevando sus prejuicios al rango de leyes.

He ahí pues la verdadera raíz de mi molestia ante el predecible encacillamiento de una de las mentes más originales y complejas de nuestro tiempo. Dudo que su combate vaya a ser apreciado por quienes deberían emularlo o al menos agradecerlo. Pues los detractores más funestos y peligrosos del ateísmo “hitcheano” no son esos  fanáticos religiosos que en los momentos más aciagos de su enfermedad le rezaron a sus respectivos y misericordiosos dioses pidiendo  una muerte lenta y dolorosa seguida por una merecida eternidad en el infierno para su odiado rival. Sino la gente inteligente y sofisticada que con su condescendencia pasiva y la perezosa profesión de un relativismo soso y autocomplaciente, permite que cosmovisiones bárbaras mantengan una influencia desproporcionada y absurda en los asuntos públicos al tiempo que perpetúan su poder mediante la deformación mental y espiritual de millones de niños indefensos. No comprender la importancia de la crítica de las creencias religiosas o descalificar a los poquísimos valientes que se atreven a enfrentarse a esa alianza non santa entre el fanatismo reaccionario y el progresismo políticamente correcto (abundan los imbéciles que en su tristísima miopía ven en el ateísmo militante a un enemigo simétrico del fanatismo religioso) pone en riesgo los ideales más valiosos que nuestra civilización ha logrado conquistar a través de siglos de lucha en contra de la ignorancia, la estupidez y la tiranía.

Entre los críticos del mal llamado “Nuevo ateísmo” (de “nuevo” no tiene nada y entre sus precursores se encuentran titanes de la talla de Lucrecio, Spinoza, Stuart Mill o Bertrand Russell) pululan los tarados e ignorantes jactanciosos que ni siquiera conocen la diferencia entre teísmo y deísmo. Y por lo mismo ignoran que un ateo no rechaza tajantemente la posibilidad de la trascendencia o lo sublime, ni cierra las puertas a concepciones divinas no teístas (Spinoza y Einstein son dos buenos ejemplos de ateos deístas) sino que se opone exclusivamente a la idea de un Dios creador y antropomorfo que interviene en los destinos de los hombres e impone interdicciones absurdas en lo relativo al sexo, la dieta o cualquier otra ridiculez irrelevante. Un Dios tirano que vigila cada movimiento y pensamiento de sus creaturas y que corrompe la moral haciéndola depender de premios o castigos. Esa idea enfermiza de que la mayoría de los seres humanos procuran hacer el bien y evitan el mal gracias a la promesa de un paraíso después de la muerte o al miedo ante la amenaza de un infierno de torturas y sufrimiento eterno, le resultaba particularmente repulsiva a Hitchens pues despoja a la moral de cualquier atisbo de virtud al transformarla en un burdo chantaje emocional empleado por un amo paternalista para someter los insaciables apetitos de sus esclavos salvajes. Seres tan limitados y corruptos que sólo llegan a obrar bien por miedo o interés y no por la pura satisfacción de hacer lo humanamente correcto.

Para los que aún se atreven a esgrimir la perogrullada de que si bien los religiosos no pueden probar que Dios existe, los ateos tampoco pueden demostrar lo contrario, Hitchens no se conformaba con responder lo obvio, que el peso de la prueba recae en quien afirma (si yo afirmara en este momento que el universo fue creado por una serpiente cósmica chimuela que puso un huevo después de haber sido preñada por un oso, no sería la obligación de nadie demostrar la inexactitud de mi delirio y me correspondería a mí y sólo a mí probar mis dichos) sino que acuñó un aforismo que encapsula a la perfección su habilidad retórica: “Lo que se puede afirmar sin evidencia puede refutarse también sin evidencia”.

Pero el virulento rechazo que Hitchens sentía por la superstición religiosa transcendía el simple desprecio por la estupidez o la fealdad de sus doctrinas y hundía sus raíces en un compromiso irrestricto con la libertad y una profunda animadversión por cualquier tipo de totalitarismo.  Toda tiranía terrenal tiene su origen en una tiranía celeste. Los siervos que obedecen ciegamente a un déspota de carne y hueso aprendieron el arte de la sumisión en la fe ciega y el amor obligatorio hacia un sátrapa etéreo, todopoderoso y sádico que, supuestamente, creó a la humanidad “enferma” sólo para exigirle salud obligatoria bajo la amenaza de las más atroces torturas. Es por ello que para Hitchens un ateo auténtico no se conforma con negar la realidad de esa atroz dictadura divina o con rechazar la autoridad de un padre tiránico imaginario. Sino que además se alegra de su inexistencia y celebra nuestra trágica condición de seres mortales y solitarios en busca de sentido. Esa soledad cósmica, tan insoportable para los temperamentos débiles, es la que nos hace libres y le da un valor inmenso a nuestra efímera existencia. Nada debería ser más aterrador o indeseable para un espíritu emancipado que la perspectiva de vivir bajo la supervisión permanente de un ente omnipotente, omnisciente, megalómano y lo suficientemente cruel como para permitir la asfixiante maldad que impregna cada resquicio de su “creación”.

Y sin embargo, Hitchens estaba perfectamente consciente de que mientras exista la muerte existirá el miedo y mientras exista el miedo la idea de Dios será necesaria para millones de seres humanos incapaces de encontrar consuelo o sentido en la filosofía, el arte o la ciencia. Es por ello que jamás se hizo ilusiones respecto a la desaparición de la religión y mucho menos buscó prohibir su práctica o difusión. La lucha de Hitchens se limitaba a exigir que las creencias religiosas (en especial el islam, tan protegido por los energúmenos sanguinarios que matan en su nombre y sus ingenuos aliados multiculturalistas en occidente) dejaran de ser intocables y se sometieran a la crítica y la ridiculización a la que deben estar expuestas todas las ideas en una sociedad democrática. Buscaba también legitimar y promover el ateísmo como una opción digna e intelectualmente honesta y responsable, invitando a millones de escépticos, agnósticos y ateos de clóset alrededor del mundo a abandonar sus escondites y salir a luchar a favor del humanismo secular y en contra de la enorme influencia que los fanáticos y los demagogos esotéricos siguen ejerciendo en la vida pública. Para Hitchens, además, la educación religiosa, ese oxímoron vomitivo, era una forma velada y funesta de abuso infantil. Mentes frágiles y fácilmente impresionables no deberían ser sometidas al chantaje, las amenazas y el cúmulo de falsedades que son imprescindibles para adoctrinar y aniquilar la voluntad de los nuevos creyentes.  

“Cree lo que te dé la gana pero no me impongas tus prejuicios ni envenenes la delicada mente de los niños.” Esa podría ser una síntesis más o menos fiel del mensaje que Hitchens buscaba transmitir a sus enemigos.

He ahí pues una modesta reivindicación del Hitchens al que recordarán quienes sólo lo conocieron como enemigo de “Dios”. Pero mi memoria privilegiará otros aspectos valiosos y entrañables de su personalidad: Recordaré y extrañaré al intelectual valiente, lúcido e independiente, paradigma de la mejor tradición izquierdista, que con su autonomía de pensamiento y su desprecio por la santurronería autocomplaciente tan típica del sectarismo pseudo-progresista, tanto hizo enfurecer a esa otra izquierda esclerotizada, imbécil y reaccionaria que dejó de pensar hace décadas y se atrincheró tras del odio, el resentimiento y un antiamericanismo pueril e irresponsable (en algún lugar Hitchens escribió que hoy por hoy la característica indispensable de un temperamento reaccionario es el antiamericanismo). Recordaré al aliado feroz del Kurdistán y del pueblo iraquí que apoyó la invasión estadounidense de Irak y la remoción de esa bestia sanguinaria y genocida llamada Saddam Hussein y al mismo tiempo criticó la deshonestidad y la ineptitud criminal con la que el gobierno de Bush la promovió y la llevó a cabo. En ese tema como en pocos otros (me viene a la mente su cruel e injusto ataque contra un muy anciano Gore Vidal, su maestro y el mío) nunca estuve de acuerdo con Hitchens, pero reconozco su ímpetu, la honorabilidad de sus intenciones y la valentía e inteligencia con que se enfrentó a sus antiguos correligionarios, cuyos argumentos casi siempre se limitaron a la descalificación más grosera, las teorías de la conspiración y a desplantes de simplismo histérico, mojigato e infantiloide.  Recordaré también al orador excepcional y al polemista invencible.  Al hombre que acuñó el término “islamofascismo” para referirse a la ideología de esas teocracias obscurantistas, asesinas, homófobas y misóginas que sojuzgan a buena parte de la humanidad mientras extienden sus tentáculos sobre las democracias liberales de occidente bajo la complacencia idiota del progresismo bienpensante. Al acérrimo e inclemente enemigo de Henry Kissinger y Agnes Gonxha Bojaxhiu , el mandarín maquiavélico asesino de masas y el pequeño duende pérfido al que la credulidad supersticiosa canonizó en vida y la posteridad recordará como “Teresa de Calcuta”. Al brillante ex-trotskista que abordaba a sus interlocutores y escuchas con el inverosímil epíteto de “camaradas” y era capaz de encontrar la cita idónea de Marx o el verso perfecto de Blake, Shelley o Donne para cada ocasión además de conocer mejor la Biblia o el Corán que la inmensa mayoría de sus píos rivales religiosos

Pero quizá la mejor manera de recordar a Hitchens en el plano profesional, la que él hubiera preferido, es como el heredero más digno de su gran ídolo (y el mío): George Orwell, arquetipo del intelectual público insobornable y capaz de soportar el ostracismo más severo y el vilipendio de sus contemporáneos por amor a la verdad. No es casualidad que Hitchens le haya dedicado varias páginas, ensayos completos y un libro indispensable al autor de 1984 y Homenaje a Cataluña.

Dice Graydon Carter en un breve texto publicado en Vanity Fair unas horas después de su muerte, que su estilo y la prolífica ubicuidad de sus textos hacían de Hitchens un escritor tan entrañable y cercano para sus lectores que muchos sentían que lo habían conocido personalmente (tratar de atravesar un aeropuerto a su lado, afirma Carter, era como caminar por la alfombra roja junto a una estrella de cine). Es verdad, hacía muchos años (quizá desde la muerte de Octavio Paz) que la pérdida de una figura pública no me producía tanta consternación y tristeza. Y a pesar de haber disfrutado de su compañía y magisterio constante durante años a través de sus textos y sus libros, me hubiera gustado mucho conocer a “Hitch” en persona y convivir con ese conversador genial e hipnótico, egregio y contumaz amante del tabaco y el whisky (de preferencia Johnny Walker Black Label). Auténtico alcohólico funcional capaz de beber, según múltiples testimonios, la ración mensual de un borracho promedio en una sola tarde de animada conversación entre amigos y esa misma noche escribir un ensayo de tres mil palabras sobre los servicios secretos de Pakistán o la obra de Saul Bellow. También habría sido fantástico tener la oportunidad de escuchar alguno de los discursos que pronunció en innumerables mítines políticos a finales de los años sesenta cuando su elocuencia lo convirtió en uno de los oradores más admirados y temidos de Oxford. O haber atestiguado los lances sentimentales y eróticos del tímido pero empedernido aventurero bisexual que fue en su juventud londinense, hasta el día en que, según sus propias palabras, su belleza física decayó tanto que sólo las mujeres siguieron acostándose con él.

Pero por encima de todo, me habría encantado tener el privilegio de ser su amigo, pues uno de los talentos que más he admirado siempre en Hitchens es su exquisito dominio del delicado arte de la amistad. Algunas de las páginas más hermosas y apasionadas que escribió, las dedicó a sus amigos más queridos: Martin Amis, James Fenton, Ian McEwan y desde luego Salman Rushdie a quien defendió con tesón y brillantez en los momentos más álgidos del escándalo desatado tras la condena a muerte dictada en su contra por el Ayatola Jomeini, y no sólo contra los lunáticos sedientos de sangre que pedían su cabeza sino principalmente contra las almas puras que desde occidente defendían  la frágil dignidad ofendida de los inocentes fanáticos con sofismas tan sesudos y honorables como: “él se lo buscó” o “la libertad de expresión también puede ser un fanatismo”.

La gallardía con la que enfrentó su enfermedad y la entereza con que afrontó la inminencia de su propia muerte: escribiendo, destilando sabiduría a raudales, debatiendo temas de actualidad y  reflexionando sin descanso hasta el final, evidenciaron la verdadera dimensión intelectual y espiritual de su carácter. Y las crónicas y postales que nos envió desde la antesala de la muerte se cuentan ya entre las páginas más hermosas y conmovedoras que nadie haya escrito jamás sobre el tema de la decadencia corporal y la agonía.

Entre los innumerables despliegues de dignidad y coraje que nos regaló Hitchens en los últimos meses de su vida, hay una escena en especial que no podré olvidar jamás. Sucedió durante una entrevista televisiva concedida a principios de este año. La pérdida de peso era evidente y su rebelde cabellera había desaparecido casi por completo gracias a las sesiones de quimioterapia. La plática fluyó durante casi media hora mostrando a un Hitchens lúcido, sereno y esquivando cualquier tentación de caer en la más mínima expresión de sentimentalismo. De pronto y como última pregunta, el entrevistador quiso saber si Hitchens albergaba alguna esperanza de volver a visitar la isla que lo vio nacer. “No lo sé”, respondió súbita y visiblemente emocionado, “y quizá lo que voy a decir pueda sonar cursi o excesivamente sentimental, pero no puedo soportar la idea de que quizá nunca vuelva a ver Inglaterra. ” Su voz se quebró ligeramente al pronunciar la última palabra y se hizo un silencio que pareció durar una eternidad. Una punzada de dolor atravesó mi pecho al escuchar esa respuesta. La misma punzada que sentí esa noche maldita cuando inadvertidamente abrí la página electrónica del New York Times y me topé con su foto y el enorme encabezado que anunciaba su ausencia irreparable.


Hemos perdido a un gigante intelectual, a un hombre bueno, valiente y enamorado de la vida. Para quienes lo amamos y admiramos, es momento de afrontar nuestra orfandad, cambiar, al menos temporalmente, nuestros tragos favoritos por vasos rebosantes de Johnny Walker Black Label, brindar en su honor y prepararnos para someter cada problema o evento por venir a la misma acuciante pregunta: ¿qué hubiera pensado Christopher Hitchens al respecto?

Thanks for everything, Mister Hitchens. You’ll be sorely missed… Cheers and farewell!


OEG

La mejor música del 2011…

No pretendo la imposible objetividad de la que se vanaglorió el loco que hizo esta lista el año pasado. Aspiro en cambio a compartir la música que me acompañó durante estos meses y se integró para siempre a mi banda sonora vital. No encontrará el lector de estas líneas una sola banda balcánica, grupos folclóricos de Senegal, ni ninguna otra pose de falso ecumenismo multicultural. Tampoco se excluirá de esta lista a bandas proscritas por el vomitivo esnobismo de corte pitchforkiano que endiosa o sepulta proyectos musicales según su popularidad o falta de la misma. Lo único que me siento capaz de ofrecer es honestidad y buen gusto. Pésele a quien le pese, amo lo que amo y nada más…

  1. Yuck, “Yuck”
  2. M83, “Hurry Up, We’re Dreaming”
  3. The Decemberists, “The king is dead”
  4. The pains of being pure at heart, “Belong”
  5. Cults, “Cults”
  6. The Strokes, “Angles”
  7. Kasabian, “Velociraptor!”
  8. Arctic Monkeys, “Suck it and see”
  9. Radiohead, “The king of limbs”
  10. Patrick Wolf, “Lupercalia”
  11. Bon Iver, “Bon Iver”
  12. Cat’s eyes, “Cat’s eyes”
  13. Adele, “21”
  14. PJ Harvey, “Let England shake”
  15. Varios, “Drive (OST)”
  16. The Vaccines, “What Did You Expect From The Vaccines?”
  17. The Horrors, “Skying”
  18. Fucked up, “David comes to life”
  19. Fleet Foxes, “Helplessness blues”
  20. The Rapture, “In the grace of your love”



OEG


Muy pronto los medios, con la fascinación suspicaz que sólo la diferencia irreductible puede provocar, comenzaron a llamarlos “Hijos de la noche”. Todos conocían la raíz del contagioso desasosiego que los torturaba, pero procuraban no hablar al respecto. Una anciana entrevistada en un pequeño noticiero local lo resumió de forma inmejorable y con una ligera sonrisa sardónica en el rostro: “Esto lo cambia todo”, dijo, “siempre fueron diferentes y mejores. Pero ahora, además, son invencibles…”


Para quienes conocían a fondo la profunda excepcionalidad de las almas hipersensibles, la aparición de aquellas misteriosas facultades extrasensoriales no fue súbita ni inesperada… “A veces siento como si perteneciera a una especie radicalmente distinta a la de todos los que me rodean”, dijo uno de los primeros chicos en llegar al albergue, sin sospechar que se hacía eco de millones de almas torturadas a través de los siglos por seres como aquellos a los que, ahora, él podía pulverizar con la mirada. 



OEG


Pachis Mondragón (1995 - 2011)

Como suele suceder con los seres y las relaciones más importantes de nuestra vida, los grandes amores, los amigos inolvidables, él y yo nos encontramos por azar y sin buscarnos. Nunca había oído hablar de los de su raza, y si la decisión hubiera dependido de mí, habría escogido a un perro más grande, como todos lo que había tenido hasta entonces y desde mi más temprana infancia. Mi error, desde luego, habría sido incalculable. Pero el azar o el destino se encargaron de evitarlo y terminamos siendo los mejores amigos y haciéndonos compañía durante casi 16 años.

Su personalidad era una fusión perfecta entre la elegancia aristocrática de un gran señor y la sabiduría mundana de un rebelde trotamundos y aventurero. Y no podía ser de otra forma, la historia de los Bichon Frisé ubica a sus antepasados retozando plácidamente en los palacios de Luis XIV pero también detrás de las barricadas de la plebe en el París revolucionario.

Vivió en cuatro países pero los recorrió casi todos y aprendió a ladrar en más de diez idiomas diferentes. Dicen los que saben que nació en Barcelona, pero él se negaba a resolver el misterio y cada vez que alguien se lo preguntaba, respondía con una mirada de lástima, como si preguntar por el lugar de nacimiento de un ser tan libre como él fuera la peor necedad que alguien pudiera cometer. Alguna vez, sin embargo, me confesó con un suspiro que sus días más felices los vivió en Londres y que recordaba con especial nostalgia sus paseos por Hyde Park bajo el tibio sol vespertino del benévolo verano londinense.

Siempre fue tremendamente hermoso, y él lo sabía muy bien. Era el orgulloso y arrogante poseedor de un par de atentos y expresivos ojos verdes (ojazos, sería la palabra adecuada), un rostro de facciones casi perfectas y una actitud de perro de mundo que lo sabe casi todo pues ha vivido demasiado. Durante su breve adolescencia fue un auténtico Tadzio canino, en su larga juventud se transformó en la versión perruna de James Dean, y en su madurez adquirió la gracia y elegancia digna de un Marcello Mastroianni cuadrúpedo.

Su pansexualismo fue proverbial, era capaz de enamorarse y mantener tórridos romances, platónicos y de los otros, con perros y perras por igual e incluso con seres humanos de todas las edades y géneros (estos últimos sí, puramente platónicos)… Ni siquiera mis propias parejas estuvieron fuera de su radar sentimental, pero su coquetería no era la del falso amigo ególatra y traicionero, sino la de un místico que no conoce límites a la hora de amar y espera de todos los que lo rodean una actitud a la altura de su sabiduría. Quien interprete mis palabras imaginando a un perro sátiro que monta las piernas de los invitados, no ha comprendido nada, sus refinadas emociones estaban hechas de un material más delicado y sutil.

Fue el ser más noble al que haya tenido el honor de conocer. Hubiera preferido morir de hambre antes de siquiera acercar sus colmillos al dedo de quien le ofreciera un bocado de comida y era capaz de soportar, incluso a la más avanzada edad y con la paciencia de un santo, el inocente trato pesado de los niños y hasta de los bebés, dos grupos demográficos a los que siempre fascinó. La dulzura de su carácter nunca se agrió y jamás hizo gala de esa neurosis antipática y agresiva tan típica de los perros pequeños.

También fue un auténtico sobreviviente, se recuperó de una fractura en la columna como quien se repone de un resfriado y en más de una ocasión logró esquivar la bala de la muerte en contra de los pronósticos más adversos.

Se fue como los grandes, muy enfermo, sí, pero sin aspavientos ni dramas… Un buen día sencillamente decidió que estaba demasiado cansado como para seguir adelante. Las radiografías confirmaron lo peor, la muerte crecía en su interior. Pero aún nos tenía reservado un último acto de escapismo, recibió un tratamiento experimental y nos regaló unos meses más de su radiante compañía. Entero, arrogante y jovial recorrió los pasillos de la casa durante esas últimas semanas de estío como si estuviera consciente de que le quedaba poco tiempo y debía despedirse de la vida. Conociéndolo como lo conocí, estoy seguro de que aquello no era una proyección mía, él sabía bien lo que estaba pasando, siempre lo supo, incluso al final, cuando, rodeado de todos sus seres queridos y mientras recibía agradecido una última sesión de reiki de manos de su generosa y muy competente veterinaria, sus ojos expresaron melancolía, sí, pero también aceptación, paz y alivio.

Ante la última aguja, la que lo liberó de este mundo enfermo que nunca lo comprendió pero al que supo imponerse, se comportó con el mismo imperturbable estoicismo que siempre mostró sobre la plancha metálica de los veterinarios. Murió serenamente, en mis brazos, y una buena parte de mí se fue con su última mirada.

Su partida deja un hueco inmenso en la vida de todos los que lo conocimos y amamos. Ante el dolor y el desánimo no queda más que seguir adelante, aprender de la experiencia y nutrirse del dolor. Eso es lo que él hubiera querido y lo que siempre me ayudó a conseguir en los momentos más obscuros. La única diferencia es que en esta ocasión él ya no estará aquí y tendré que aprender a salir adelante sin su mirada balsámica y fiel compañía.

Se ha ido, el mejor de mis amigos.

OEG


¡Eso, bobo gordo! ¡Sí! Rema… Amé riso drogo. Bobo sé.

¡Ya! Oye, rabioso cerdo, aparta ese odio bilioso. ¡Viva el amor! Ya muere de celos o calla. (Devora, rema, se toma ese barato ron. No rotará). Besé, amo tés, amé raro… Ved allá. Coso le cede reuma. Y Roma lea. Vivos oí, libo ido. Ese atrapa odre coso. Iba rey o… ¡ay!

OEG